13 Mar

Juan Mayorga

Escrito por José-Miguel Vila
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Juan Mayorga (dramaturgo): "Hay ignorancia y desprecio del poder contra el teatro"

Antiguo mercado de la madrileña Puerta de Toledo, hoy una de las sedes de la Universidad pública Carlos III. Vaivén de estudiantes de posgrado entre las aulas y la cafetería y, justo al lado, en una de las clases, cerca de 40 alumnos asisten a una de las lecciones de Juan Mayorga (Madrid, 1965), uno de nuestros más celebrados dramaturgos, dentro y fuera de España. Son más mujeres que hombres y provienen de varias nacionalidades (españoles, latinoamericanos, ucranianos,…). Están sentados en círculo en torno al maestro. Me hacen un hueco y, de paso, me invitan a participar en la clase como uno más. Mayorga escucha atentamente la propuesta dramática de una de las alumnas, Paula, y los posteriores comentarios, sugerencias y matices que aportan varios de sus compañeros. Finalmente Mayorga repasa, analiza y sugiere, con sumo respeto, algunas ideas que los alumnos anotan atentos, especialmente Paula que, con estas nuevas orientaciones, es muy probable que acabe redondeando su propuesta dramática a la que, además, quiere dar forma de musical.

Es una de las facetas habituales del dramaturgo, filósofo y matemático que, desde hace tiempo, cuenta cada nuevo montaje que presenta por otro éxito no solo entre la crítica, sino también y sobre todo, entre el público. Ahí están ‘El cartógrafo’, ‘Reikiavik’, ‘Himmelweg’,‘El arte de la entrevista’ o ‘La lengua en pedazos’... Desde ‘Siete hombres buenos’, su primera obra dramática, que escribió cuando solo tenía 24 años, ha ido sumando una o dos más por año.Como en el máster que dirige en la Carlos III, escucha atento cada una de nuestras preguntas, reflexiona un instante y, despacio, sin un ápice de estrés o de premura, desgrana palabra a palabra su pensamiento, siempre lúcido y sincero, sin eludir cuestión alguna…

J.M.Vila.- Para ti, la literatura en general, y el teatro en particular, ¿es una llave para escapar de la soledad en los tiempos que corren?

J. Mayorga.- Es una buena pregunta… En mi caso, la escritura comenzó en la soledad porque comencé a escribir siendo adolescente, y el adolescente que escribe, se aparta del mundo porque el mundo que le rodea no le basta. Pero ese viaje a la soledad me sirvió para romperla, para encontrar otras compañías. Dicho de otra forma, para escribir, uno necesita apartarse con el fin de construir un mundo alternativo al que le rodea, y en ese proceso encuentra a otras personas que quieren compartir también ese otro mundo.

P.- En tu adolescencia, comenzaste escribiendo novela y poesía. ¿Te atreviste a presentar públicamente tus textos?

R.- La verdad es que sentía que no era capaz de comunicarme. Ni en la narrativa, ni en la poesía ni, más tarde, en el teatro. Pero, poco a poco, me fui encontrando -y cada día más…- con gente que me acompaña, que siente que mis preocupaciones, mis imágenes, mis preguntas, también son las suyas. Y, en este sentido, hoy me siento menos solo que nunca.

P.- ¿Y cómo te topaste de lleno con el teatro?

R.- Por obligación. Acudía a ver una función de Doña Rosita la soltera, porque la profesora de Literatura de segundo de Bachiller nos lo puso como tarea. Y no con el instituto, sino por tu cuenta, y luego había que demostrarle –y no solo documentalmente, con la entrada…- que habías estado allí… Fui con otros tres o cuatro compañeros de clase y recuerdo vívidamente que, desde el primer momento, el teatro me golpeó, me enamoró como arte de la reunión y de la imaginación. ¡No olvidaré nunca a Nuria Espert saliendo de las sombras….¡ Así pues, llegué a la escritura de teatro desde el patio de butacas y –bromea consigo mismo- no puedo presumir de haber sido un niño actor, ni director de pequeñas obras, sino solo de ser un espectador apasionado desde el primer momento que, incluso, ahorraba para poder seguir yendo al teatro en lugar de hacerlo para comprar tabaco o para ir a un concierto. .. Y, era natural que, en un momento dado, aquel chaval que escribía, sintiese que podía probar también la escritura teatral y, poco a poco, fui descubriendo que el teatro es un buen lugar para un escritor.

P.-…Y para un espectador… No sé si acabará consolidándose una costumbre que me parece muy bonita y que veo últimamente en los teatros madrileños.: ¡que la gente que llega saluda al espectador de al lado!

R.- Esa imagen que presentas me parece muy bella porque yo siento permanentemente que asistimos al teatro con otros. El teatro es hoy uno de los pocos espacios en donde se hace sociedad, en donde eres consciente de quién tienes alrededor, en donde te ríes, te emocionas o te aburres con otros… Uno de mis momentos preferidos en El cartógrafo es ese en que Blanca Portillo interrumpe la representación, al tiempo que cesamos el efecto sonoro y damos las luces de sala y, en esos instantes, la asamblea se reconoce a sí misma porque actores y público están iluminados con la misma luz y se produce una experiencia de estar juntos… Cuando te hablaba de mi experiencia como espectador adolescente, yo no solo recuerdo obras sino también a espectadores de esas obras, y una cierta atmósfera en cada una de ellas. Para mí fue muy importante encontrarme con el teatro. Y más aún que ese era un teatro de gran ambición, un teatro que esperaba también algo del espectador, también de mí. Además de Doña Rosita, la soltera, vi La vida es sueño, con José Luis Gómez; Seis personajes en busca de autor, de Narros; El pato silvestre, de Ibsen, dirigido por José Luis Alonso… Vi un teatro que tenia la misma altura en cuanto a complejidad, en cuanto a construcción de personajes, a envergadura de las situaciones, a preocupaciones morales subyacentes, tan poderoso, tan ambicioso como la novela que yo podía encontrar en la biblioteca de mi padre. Eso fue determinante también para descubrir el tipo de teatro que yo quería hacer: un teatro en el que se esperase algo del espectador y un teatro en el que el espectador esperase algo del autor.

P.- Escuchándote parece que en el teatro no hay nada negativo y, supongo yo, que algo tendrá también, ¿no?

R.- Pues no. La verdad es que no he tenido decepciones porque, quizás, el hecho de haberme convertido en alguien que ha podido vivir de él, ha corrido sin ningún plan previsto, y sin que yo lo esperase. Y no solo eso: si mañana ocurriese que mi teatro dejase de interesar, y tuviese que volver a dedicarme a dar clases de Matemáticas, lo haría sin mucha sorpresa... Pero, sí, han habido momentos en los que yo he dudado de mi capacidad, de mi competencia, de si estaba conduciendo bien o no mi carrera como dramaturgo. Recuerdo especialmente que, en la época en que estuve dando clase de Matemáticas en un instituto de enseñanza secundaria, cuando escribí El jardín quemado,me planteé dedicarme íntegramente a la vida teatral y atravesé momentos de incertidumbre, de no saber muy bien hasta qué punto uno estaba haciendo lo que debe hacer…

P.- El entorno del teatro es muy proclive a quejarse de la falta de interés de la administración (sea del signo político que sea) por el arte. ¿Tú pones más esperanza en el apoyo de la administración o en el del público?

R.- Yo no siento mucha simpatía por la victimización del artista. No comparto la actitud del artista doliente, que siente que no se le ha dado algo que merece, aunque en ciertos casos puede tener alguna justificación, no es un discurso en el que quiera incurrir. Cuando reivindico el apoyo al teatro de la gente que tiene responsabilidad en políticas culturales, hablo menos como profesional del teatro que como ciudadano. Los ciudadanos tenemos la obligación de preguntarnos a qué se asignan los recursos y, en este sentido, creo que una ciudad española cualquiera debe contar con una oferta teatral, pero también con espacios para exposiciones interesantes, o películas que no son llevadas por las grandes distribuidoras, una buena biblioteca pública, etc. Esa sería una ciudad mucho más rica que otra que carece de todo eso; las primeras constituyen una comunidad con mayor capacidad para resistir y, probablemente, formen una ciudad más democrática y con mayor capacidad de encontrar alternativas. Un modelo como el que propongo pudo encontrarse ya en aquella bella aventura española que emprendió La Barraca, que fue posible porque la época contaba con unos responsables políticos que tenían un respeto por la sociedad y unos artistas con los que colaborarhicieron posible que el buen teatro llegase a los rincones más apartados de España. Esa era una política coherente. Ahora, sin embargo, se habla de lo poco que se puede hacer en estos tiempos de recorte, pero si la televisión pública dedicase menos tiempo no ya los deportes, sino a los entrenamientos del Real Madrid y del Barcelona, y atendiese más a informar de conciertos, de teatro o de exposiciones, otro gallo nos cantaría. Y no hablemos ya del IVA cultural, que ha abortado, incluso, proyectos antes de empezar. La escuela es otro lugar donde el teatro debe de estar en el centro para que los chavales puedan vivir la experiencia teatral porque encarnando a otros personajes, poniéndose en sus zapatos, el chico se va a hacer más comprensivo. Y, por otro lado, defendiendo un texto, el chaval va a hacerse consciente, no solo del significado de las palabras, sino de su uso en determinadas situaciones… Pero dicho todo esto, a quienes hacemos teatro, lo que nos toca es trabajar en la excelencia, ser cada vez más críticos con nuestro propio trabajo, ser más ambiciosos, más responsables y cada vez más atentos al espectador. Y esto no significa dar al espectador lo que él espera, sino esperar mucho de él, desafiarlo y ofrecerle aquello que ni busca ni espera.

P.- Pero, ¿el teatro, solo cuenta cosas que nos pasan, o va más allá e intenta transformarlas?

R.- Incluso si el teatro no fuese capaz de cambiar a nadie, los que lo hacemos debemos hacerlo como si pudiese. Nuestra ambición, en ese sentido, debe de ser máxima y transformadora. Digo a veces, que el espectador que pase por uno de mis espectáculos luego no debería poder volver a casa directamente, que saliese de la sala realmente desorientado, y si vuelve, que aquellos que están en casa, lo encontrasen transformado… Que vuelva con una sensibilidad distinta, con nuevas preguntas que, hasta entonces, no se hacía. Por otro lado, a aquellos que piensan que el teatro no cambia nada, yo les pregunto, ¿y tú cómo lo sabes? ¿Podemos imaginar cómo sería el mundo sin teatro? Yo puedo dar cuenta de mi propia experiencia y, ya lo he dicho antes, a mí el teatro me ha cambiado. Yo no era el mismo después de haber visto Tío Vania, o después de haber leído Historia de una escalera (y digo bien, porque la obra de Buero la leí antes de verla representada…). Y creo que a mí el teatro me ha hecho mejor persona.

P.- Tú, de verdad, ¿crees que el poder (dicho así, en general) tiene tanto miedo al teatro?

R.- Hay compañeros que sostienen que hay una suerte de persecución del poder contra el teatro. Yo, sin embargo, no creo que haya tal cosa. Ignorancia y desprecio, puede que sí, pero no un combate. Lo que sí es verdad es que, entre los responsables de la cosa púbica, puede existir una mayor o menor sensibilidad. Pericles, por ejemplo, pensaba que una ciudad era más rica si se fomentaba y protegía ese espacio de examen de la vida, que es el teatro. Otros responsables políticos, sin embargo, están absolutamente ignorantes de ello… Se dice, por ejemplo, que nuestro presidente del gobierno nunca va al teatro; si es así, me parece preocupante… En todo caso, nosotros tenemos que trabajar con el mayor ahínco e intensidad porque lo que es un hecho es que no es nada fácil levantar un espectáculo teatral, ni llevar gente a él, ni conseguir que llegue a determinados lugares, pero nosotros tenemos que seguir peleando con estas condiciones.

P.- Hasta el momento, el Mayorga autor no se ha puesto a dirigir en escena más que tres de sus propias creaciones (‘La lengua en pedazos’, ‘Reikiavik’ y ‘El cartógrafo’). ¿Veremos algún día a Mayorga director de escena levantar un montaje de otro dramaturgo?

R.- Para dirigir mis propios textos tardé mucho en dar el salto y, aunque hay algunos que me plantean ese reto, el de dirigir otros autores, aún no siento esa necesidad. No desdeño hacerlo algún día, pero tendría que pensar que puedo ofrecer una mirada singular sobre uno de esos textos y, ahora mismo, estoy muy lejos de tener esa convicción. Sin embargo, hay otros textos propios que ahora sí me gustaría dirigir. Por ejemplo, Los yugoslavos y, quizás algún día,también Himmelweg.

Juan Mayorga es el primero de una serie de dramaturgos, directores de escena, actores, escenógrafos, figurinistas, iluminadores, músicos y diseñadores de sonido de primera línea del teatro español que, paulatinamente, irán apareciendo en las páginas electrónicas de Diariocritico.com en los próximos meses entrevistados en profundidad por José-Miguel VilaOmar Acosta, flautista universal