29 Feb

José María Ezquiaga

Escrito por José-Miguel Vila
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José María Ezquiaga, decano del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid: "No todo lo construido es arquitectura"

 José Mª Ezquiaga es Dr. Arquitecto y Profesor de Urbanismo en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid. Actual decano del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM), ha trabajado en el área de urbanismo en las administraciones local y metropolitana de la capital de España, aunque hoy es profesional independiente y dirige la oficina Ezquiaga Arquitectura Sociedad y Territorio. En los últimos años, Ezquiaga ha centrado su interés académico y profesional en la investigación teórica e integración proyectual de las diversas escalas, geográficas y sociales, que conforman el territorio y la ciudad. Sus proyectos han sido el medio para la experimentación e investigación sobre el proceso de creación del paisaje contemporáneo. Su capacidad analítica y sus construcciones le han hecho acreedor a diversos importantes premios y reconocimientos, entre ellos: el Premio de la XII Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo 2013, el Premio Europeo de Urbanismo concedido por el European Council of Spatial Planners 2012, el Premio Nacional de Urbanismo 2005, el Premio de Investigación de la Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo 2012, el Premio Europeo Gubbio concedido por l´Associazione Nazionale Centri Storico-Artistici de Italia en 2006 y 2012 y el Premio Extraordinario de Doctorado de la Universidad Politécnica de Madrid. Y con el decano del COAM, desde su despacho en el número 63 de la calle Hortaleza, amplio, sencillo, minimalista y luminoso, hablamos abierta y sosegadamente de arquitectura y sociedad...

J.M.V.- De arquitectura puede hablarse desde hace más de cuatro milenios, pero ¿qué es la arquitectura para el decano del COAM?

J.M.E.- Hay muchísimas definiciones de arquitectura. Le Corbusier la definía como el sabio juego de conformar los volúmenes bajo la luz, pero la realidad es que la arquitectura surge desde que los primeros tratadistas comenzaron a preguntarse qué es eso de la arquitectura. Siempre arrancaban de una reflexión muy básica: la necesidad del hombre de resguardarse de las inclemencias naturales, de solucionar el problema de estar expuesto a la intemperie. Pero, como cualquier otra actividad humana, termina convirtiéndose en un acto creativo y, finalmente, en un acto de sabiduría y en un arte. No es que la arquitectura sea ni más, ni menos; la cocina, por ejemplo, tiene un mismo origen y, de la necesidad más básica de transformar la materia prima, los alimentos, para la supervivencia inmediata, se pasa con el tiempo a la gastronomía. Pero está muy bien recordar, de vez en cuando, esas necesidades básicas, porque una parte muy importante de la humanidad está todavía en ese territorio de la necesidad básica y, por tanto, no se puede decir que ese aspecto ya no habla de nosotros. Es verdad que desde Europa podemos pensar que la arquitectura es una disciplina y una actividad profesional, regulada por un sistema legislativo muy complejo que está dentro del sistema económico de las sociedades contemporáneas… Pero, cuando uno tiene la oportunidad de ver otros lugares, también se da cuenta de que la grandeza de la arquitectura es ser el cobijo del ser humano, el que crea el hogar. Pero esa arquitectura no es patrimonio exclusivo de los arquitectos, sino que es una capacidad intrínseca a los seres humanos, y nace de esa interacción entre el medio y el ser humano.

P.- Necesidad, primero, y arte y belleza, después, ¿no?

R.- Arte sí, pero también una disciplina técnica y pragmática. Seríamos ingenuos si nos quedáramos solo en las reflexiones de tipo cultural. La arquitectura es también, en las sociedades contemporáneas, en primer lugar, una industria. Es parte de la industria de transformación de nuestro hábitat; es el ingrediente esencial del constructo humano más complejo y más importante que tenemos como especie, que se llama ciudades y que, después de la agricultura, es lo que nos ha conformado contemporáneamente como especie. Transformamos el medio y vivimos crecientemente en ciudades. La mitad de la humanidad está ya urbanizada. En Europa, el porcentaje es mucho mayor porque el 85 por ciento de sus habitantes ya vive en ciudades pequeñas, medias o grandes, y el mundo rural ha quedado reducido ya a un margen. En Asia, ahora están en un 50 por ciento, aproximadamente, pero en los próximos 30 años se espera que se alcance, si no el nivel de Europa y Norteamérica, un nivel muy cercano, en torno al 70 o 75 por ciento. Un caso muy interesante es el de América Latina, un continente joven, pero muy maduro en el ámbito de la urbanización: más del 80 por ciento de la población de América del Sur ya vive en ciudades. En América central, un poco menos, como en Asia. En América del Norte (EUA y Canadá) la población ya está totalmente urbanizada… Esto nos lleva a la conclusión de que no hay que esperar grandes cambios en la forma de vida en las sociedades desarrolladas en los próximos siglos. Por tanto, el desafío no va a ser tanto construir ciudades nuevas (en Asia, sí, pero no en Europa y en Norteamérica y América del Sur) sino mejorar lo que tenemos, e incorporar una sabiduría adicional a lo que fue esa primera idea del cobijo.

P.- Con todo, la arquitectura, ¿qué tiene de placer y qué tiene de calvario?

R.- Sí, tiene un poco de ambas cosas. Ahora, por ejemplo, con los requerimientos ambientales de una sociedad urbanizada alcanzan un nivel de exigencia mucho mayor, precisamente por estar en una sociedad más urbanizada. Antes, en el mundo rural, claro que existía arquitectura. El primer monolito, el primer menhir, es arquitectura, sin ninguna duda…Pero los requerimientos actuales implican pensar muchas cosas que nuestra vida compleja demanda. Hace unos años la accesibilidad universal podía resolverse con los cuidados inmediatos del entorno, pero ahora necesita planificarse. Con el tema ambiental sucede lo mismo. Si antes el contacto de la arquitectura con el entorno era inmediato, ahora necesitamos redefinir nuestras relaciones con la naturaleza, no en términos de dominio y avasallamiento, sino de diálogo, de adaptación. La arquitectura tiene todas estas vertientes y, en realidad, como toda actividad humana tiene esa tensión de sobrepasar el nivel de la pura necesidad, pero si no se resuelve esta, la arquitectura como tal no existe. Cuando el agua entra por las paredes, no hay arquitectura. En nuestra sociedad, según donde dirijamos nuestra mirada, los problemas son unos u otros. En España y en general en Occidente, tenemos el desafío de hacer una arquitectura más adaptada a las nuevas formas de vida (las fábricas de antaño no son las de ahora, ni las oficinas, ni las viviendas) y hay que adaptarse a las nuevas formas de vida, de convivencia. Los arquitectos deben tener los ojos y los oídos muy abiertos a la sociedad para percibir estos cambios y lo que la sociedad demanda. Por eso no es una profesión ensimismada. El arquitecto no tiene el derecho, que a veces tiene el artista, de replegarse sobre sí mismo, sobre su propia obra. Desde que el mundo es mundo, el arquitecto está muy en conexión con la sociedad. Antes de las democracias, esa conexión, en muchos casos, era con el poder, que tenía el monopolio de determinar lo que era o no era necesario. Hoy en día, sin embargo, con las sociedades en red, democráticas, modernas, hay que estar muy atentos a las demandas y a los cambios de la sociedad. Porque un arquitecto ensimismado no tiene nada que decir.

P.- Sé que es difícil, pero cítame, por favor, algunas construcciones que, a lo largo de la historia, hayan materializado la belleza funcional y constructiva a la vez

R.- Es difícil, sí. Pero puedo citar algunas. Por ejemplo, las cabañas que quedaron enterradas en una erupción volcánica, la Joya de Ceren, en El Salvador (declarado Patrimonio de la Humanidad), donde nos encontramos de pronto un poblado maya, en Centroamérica, que ha quedado enterrado e intacto. Ahí podemos ver como, incluso en una sociedad cercana a lo que llamamos hoy “de la necesidad inmediata”, hay una organización social muy compleja, que se expresa a través de la arquitectura. Desde los baños comunes, sus “spa” o “hammam” digamos, hasta la organización de los espacios de familia, o los de producción, etc. Se puede ver ya como en una sociedad tan básica había ya mucha sabiduría. Pero las necesidades humanas no se expresan solo en clave de una funcionalidad productiva, como esta. Podemos citar también el Partenón, que es un magnífico edificio en piedra que muestra en su belleza lo que había sido la historia de la construcción en madera de las primeras cabañas, los primeros templos, etc. Es el canon, en Occidente, entre la reflexión y una necesidad funcional (la de trascendencia, ya que es un edificio dedicado a los dioses), pero, en la práctica, se trata de una expresión de la sociedad misma, y que termina simplemente en el cuidado de algo abstracto como es la geometría, y las superficies convertidas en un canon. A partir de ahí podemos citar cientos de edificios… Todos los arquitectos tenemos nuestra “lista secreta”. A mí, por ejemplo, me sigue seduciendo, casi como el primer minuto, el Panteón de Roma. Uno se siente con ese síndrome de Stendhal… Tú estás ahí en esa cúpula, en ese óculo y, entonces, entiendes todo, todo a la vez… Pero hay también muchos edificios pequeños que concentran también esa sabiduría. Por ejemplo, la cabaña de Heidegger, junto al lago o muchos de los edificios contemporáneos repartidos por el mundo, de los cuales en Madrid tenemos tantos…

P.- ¿Por ejemplo...?

R.- Me encanta la arquitectura que busca la sabiduría y la esencia a través de intentar desprenderse de lo superfluo. En estos tiempos icónicos, en los que el dominio de los medios de comunicación masivos hace que esta sea muy rápida, el pantallazo es lo que se busca, y hay edificios que son esa especie de “pantallazo”: lasTorres del Real Madrid son esa imagen. Pero, de pronto, vas al Gimnasio Maravillas, de Alejandro de la Sota, y ves como un arquitecto ha trabajado en una cosa simple, que desde la calle ni siquiera se advierte… Es un gimnasio que tiene arriba unas aulas… Son más los arquitectos internacionales que pasan por Madrid y que se acercan a estudiar este edificio, que los que van a ver las Torres del Real Madrid. Pero, a veces, lo todavía más modesto termina alcanzando hallazgos meritorios. El Matadero, por ejemplo, que es un elenco de acciones muy diversas, todas realizadas con bajo presupuesto, es una arquitectura muy sencilla, que busca ser el soporte para lo verdaderamente importante, que es la creación, la cultura que se hace allí, me parece un ejemplo igualmente emocionante. Todos los edificios que se han hecho allí han ganado premios…

P.- Quizás todos esos edificios tan distintos entre sí, tienen algo en común: son capaces de suspender el tiempo…

R.- Sí. Muchos arquitectos, sobre todo los de mi generación que fuimos alumnos deFrancisco Sáenz de Oiza. Ahora que uno ve tanto accesorio en estas torres contemporáneas, cuando ves el Banco de Bilbao o el Bankinter, de Rafael Moneo, encuentras como desde los mínimos elementos se puede conseguir esa intemporalidad que dices. Es una intemporalidad que no busca, a priori, la trascendencia. Yo dudo si un artista contemporáneo busca el atajo hacia la trascendencia… No son edificios pensados para ser intemporales. Se hacen intemporales porque, de una forma u otra, han encontrado esa forma de expresar elementos que, como el mejor arte, cada época es capaz de reinterpretar y redescubrir. Nos interesan los grandes pintores plásticos que han sido capaces de hacer que cada nueva generación vea sus pinturas con nuevos ojos y, en cambio, otros van quedando en la orilla. Algunos, de gran éxito en su momento, han quedado ahora sin capacidad de sugestión. La gran arquitectura la tiene, sin duda alguna, pero no solo la arquitectura grande; hay muchas casas pequeñas, particulares, que recogen muy bien ese concepto y que, sin embargo, no son muy conocidas por el público. A mí me encanta la Villa Savoye (1929) de Le Corbusier, la Casa de Schindler. Las muchas pequeñas obras de nuestras ciudades representan también que se puede alcanzar esa cualidad. Ahora, como arquitecto, visitaba hace poco la capilla de Nuestra Señora de Belén en su huida a Egipto, que está en la calle Atocha de Madrid (una obra de Villanueva), que es pequeñita, pero de pronto descubres que en una cúpula está todo… Los arquitectos de mi generación somos admiradores de las obras que se producen en momentos de cambio y que tienen esa capacidad de investigar. Por ejemplo, el tránsito del Barroco a la modernidad ilustrada que se produce en Villanueva, el Museo del Prado, el Observatorio astronómico, el Jardín Botánico… En una esquinita tenemos algo pleno de excelencia, que nos debería hacer reflexionar sobre esa capacidad de lo intemporal en la arquitectura. Pasó también en los años 20, cuando la arquitectura se confronta con los cambios en la sociedad industrial e intenta dar una respuesta al alojamiento masivo de dar casa a todo el mundo. Hay muchos ejemplos de esto en toda Europa, pero especialmente en la Europa Central cuando antes de la Guerra Mundial, la socialdemocracia realizó programas de vivienda social muy amplios con el nuevo lenguaje de la arquitectura moderna, que luego se perdió en parte por la Guerra Mundial. Luego ha vuelto a resurgir en otros países pero no con la capacidad crítica y el valor de la etapa pionera, sino en gran medida con la voluntad de producir en masa, con todo lo que eso ha conllevado de pérdida de la cualidad.

 

P.- Algo parecido decía el arquitecto portugués Álvaro Siza, al afirmar que la arquitectura es capaz de tender un fino hilo que conecta el tiempo con el lugar…

R.- Sí. Ahí es donde está el arquitecto individual, que tiene que tener el olfato suficiente para entender esas tres dimensiones tan complejas: sociedad, espacio y tiempo, que están tan ligadas en nuestra sociedad contemporánea. En muchos casos en la historia, han sido enormes individualidades quienes han resuelto esa interrelación, pero en otras ocasiones son colectivos. Quiero decir, tendemos a ver la Ilustracion como una suma de individualidades, pero realmente era un programa. Y un programa difundido, incluso, con medios contemporáneos de difusión, como es el caso español en que las Academias eran las encargadas de la pedagogía y, a veces, de la imposición de estas arquitecturas. En la etapa ya del siglo XX cuando surge la arquitectura moderna, o el estilo internacional -término que a mí me gusta más utilizar-, los arquitectos se reúnen, piensan juntos… Esa idea de pensamiento colectivo me seduce mucho porque engancha bastante con la situación actual. Muchos arquitectos -pienso, por ejemplo en Mies van der Rohe, que era decano de Columbia- creen que en realidad la arquitectura de hoy se hace en red, que los arquitectos, como muchos otros profesionales de la cultura, trabajan en realidad en red; hasta cuando creen que están solos ante su ordenador, conceptualizando los primeros pasos de la creación de un edificio, una ciudad o un paisaje, en realidad tienen tanto en su cabeza como en su PC el conjunto de la red de la arquitectura contemporánea, de la que ellos mismos son parte de esa red. Un eslabón como puedan ser los medios de comunicación, las revistas, los clientes, las academias, las escuelas de formación de los arquitectos, o la crítica. Es todo un entramado, como es también el mundo en general.

P.- ¿La arquitectura es, pues, “una idea construida”, como dijo Campo Baeza en su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando?

R.- Sí. Aunque, a veces, hay construcciones que no corresponden a ninguna idea. Y, por el contrario, hay también ideas que no pueden acabar de materializarse físicamente, espacialmente. Pero sí, lo que tiene de peculiar la arquitectura es que une esas dos condiciones, y eso la diferencia de la filosofía, por un lado, pero también de la industria de la construcción. No todo lo construido es arquitectura. Es una paradoja, pero es así. Hay muchas construcciones funcionales que no han tenido esa tensión de la idea… Yo veo creación por todas partes. Como arquitecto, soy muy poco “ombliguista”. Veo que los arquitectos tenemos el privilegio de dar respuestas técnicas a un proceso, a una tensión creativa, pero que filósofos, sociólogos, economistas, políticos pueden generar ideas que han tensionado la sociedad. Cuando uno lee el preámbulo de la Constitución de los EUA, ve ideas que han cambiado el mundo. Son ideas que construyen sociedades, construyen mentalidades… Nosotros construimos espacios.

P.- Comenzaste hablando de la luz. ¿Es este el material más delicado con el que juega un arquitecto?

R.- Hablé de la luz porque en estos últimos tiempos parece que el impacto de la imagen lo es todo. Y, de pronto, entender que la arquitectura es el espacio sensible en el que nos movemos, que se puede percibir con la vista, aunque, en realidad se percibe por muchas casualidades… Una arquitectura es una atmósfera. De hecho, muchos arquitectos contemporáneos están empezando a plantearse qué ocurre si vamos desmaterializando la arquitectura, si vamos buscando lo esencial de ese cobijo, y vamos desprendiéndonos de lo que parece que era obligado (la estructura, lo construido, lo que nosotros llamamos lo tectónico, lo pesante…). Se puede construir, y existe arquitectura, desde la creación de esas atmósferas… En fin, quiero decir que planteé la luz sobre todo por esa definición vieja -que todos los arquitectos recuerdan- porque nos habla de la sutileza, porque nos remite a esfuerzos de sabiduría, y no solo a la busca de resultados inmediatos, a una técnica con eficiencia probada sin necesidad de estar impregnada de ideas. Esa definición es todavía valiosa, pero hay muchas otras… En general, siempre la criatura nace de esa fricción entre las necesidades sociales, la respuesta técnica y eficiente a esas necesidades sociales, y la tensión que tienen los seres humanos desde que existen como especie, de trascender lo inmediato y de salvar y superar el tiempo. No es que se busque la inmortalidad. Gran parte de la arquitectura es objeto de consumo pero, a fin de cuentas, hasta en lo más básico, los humanos buscan siempre esa trascendencia. Pero estamos en un momento -y en todos los aspectos de la vida- en el que parece que prima el éxito inmediato, de rápido consumo, y eso simplifica mucho el valor artístico de la obra, y mucho me temo que muchas de estas obras contemporáneas de rápido consumo no van a tener esa capacidad trascendente y, por tanto, no van a ser reconocidas por generaciones sucesivas. El presentismo es tan dominante que nos va ser reconocido después. De hecho ya está pasando en España. Muchas obras de los arquitectos icónicos -prefiero no dar nombres para no molestar- ya no son apreciadas, y eso que ha pasado muy poco tiempo. En cambio, arquitectos de los años 50, como Alejandro de la Sota, del que hablaba antes, se nos agigantan por momentos. Es un arquitecto discreto, que hizo unas obras muy importantes, de una dimensión media (no pudo hacer grandes torres, o los Nuevos Ministerios…) pero, sin embargo, sigue siendo inspirador. E igual que él, muchísimos otros nombres.

P.- Individuo, sociedad, arquitectura, cultura -nos ha quedado muy claro- son conceptos inseparables…

R.- Nosotros producimos objetos, pero estos objetos de los que nosotros creemos ser autores, en realidad son más el producto de una fricción entre el individuo, los arquitectos, la sociedad y la cultura general. Como cualquier otro producto cultural, la arquitectura es fruto de su época, y en el caso de la ciudad (la arquitectura a escala grande, el urbanismo…) y el paisaje urbano, constantemente estamos en un marco socialmente definido. No lo percibimos porque ya vivimos en ese marco pero estamos insertos en él. Es lo mismo que le pasa al pez en el agua… La cuestión está en ser capaz de entenderlo y, a veces, hay arquitecturas -lo mismo que hay pensadores- que son capaces de modificar el marco. Hay obras que tienen el germen de una manera distinta de entender la realidad. Eso, a veces, en el mundo artístico, y también en el de la arquitectura, revaloriza obras que resultan ser el eslabón perdido que aporta las claves que se andaban buscando…