27 Oct

Amado mío

Escrito por José-Miguel Vila
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Dos hombres y una mujer, Amado Trío, hablan de amor en 'Amado mío', un elegantísimo espectáculo dirigido por Carmen Conesa

Era teatro, pero no solo teatro. Fue un concierto, pero tampoco solo eso. Acabó convirtiéndose, en muy pocos minutos, en una reunión sui generis de espectadores que, vista desde fuera, y en función de la naturalidad, la libertad, el respeto y el desenfado con el que se pronunciaban, nadie diría que, en su inmensa mayoría, ninguno había coincidido jamás en cualquier otra representación o espectáculo de la Sala Nave 73. Ese es el lugar donde se ha ido produciendo el milagro, semana tras semana, durante todos los domingos de septiembre y octubre. Ahora, para suerte de todos, el espectáculo girará por muchos otros lugares de España. 

Ellos son tres, como su propio nombre indica, Amado Trío, y llevan adelante este espectáculo que han llamado ‘Amado mío’ (el mismo que la famosa canción popularizada por Rita Hayworth en Gilda), que dirige una mujer de la escena, Carmen Conesa. Los intérpretes son David Bueno (actor, voz, guitarra y ukelele), Lola Barroso (piano, voz, melódica y clarinete) y Marcel Mihok (contrabajo, ukelele y coros). Para que nadie se engañe, desde el principio, confiesan abiertamente sus intenciones: “Todos tenemos secretos. Verdades que nos definen más que la fachada que mostramos al mundo día a día”. Y muchos de esos secretos son compartidos públicamente desde el escenario y luego traspasan la cuarta pared y van y vuelven al escenario entre canción y canción, en sosegadas, sencillas y directas confesiones de los unos -músicos- como de los otros -espectadores-.

En realidad, es un viaje que la misma Conesa anuncia antes de empezar el espectáculo con palabras sencillas, directas, precisas: “Bienvenidos a este tren con destino incierto... Al finalizar, pueden dejar los suspiros en el asiento… El viaje va a comenzar…”. Marc, poco antes de empezar el espectáculo, desgrana notas con el contrabajo, con los dedos y con el arco; en cuanto la directora anuncia ya el comienzo del viaje, David y Lola, haciendo percusión con unas pequeñas maracas y sus propios taconeos, simulan un tren que hace su entrada en la estación (los silbidos salen del rasgueo del arco en el contrabajo). 

David y Lola van vestidos de marineros. Marc, con ropa informal (traje, camiseta y zapatillas de deporte). Los tres comienzan atacando brevemente un trocito de Amado mío, -el tema que da título al espectáculo-, pero con Lola al contrabajo, Marc con el ukelele y David al piano. Es solo una excusa para que este acabe diciendo que “a veces uno no toca el instrumento que le corresponde... Pero el tiempo nos pone a todos en nuestro sitio”.

 

Suspiros

Y Conesa tenía razón: los suspiros, las ensoñaciones, los recuerdos, las evocaciones se fueron hilvanando uno tras otro para acabar construyendo noventa minutos de un minucioso, pensadísimo, lucido y delicado espectáculo que ningún alma sensible debiera perderse. Canción tras canción, género tras género, pasados por la hermosísima voz de David Bueno (armónica, timbrada, exquisita), y acompañada las más de las veces por el piano de Lola Barroso y el contrabajo de Marc Mihok, que dominan sus instrumentos como si fuesen una prolongación de sí mismos. Lola Barroso, incluso, cantó una versión de la ‘Lucía’ de Serrat, -con voz preciosa también, casi angelical-, transformándola en un retrato de amor entre dos mujeres.

David, por su parte, ponía voz a canciones interpretadas generalmente por mujeres, pero enfrentando ahora a un hombre junto a otro hombre como fuente de amor, dolor, pasión, admiración… Entre otras, Amado Mío, Fumando Espero, The Man I Love, La vie en rose de Edith Piaf, Fina Estampa de Chabuca Granda, Madurito interesante de Martirio o Un hombre de verdad de Alaska y Dinarama. Con todo, me quedo con una canción compuesta por el propio David, con conexión directa con el tema y el vehículo elegidos para transitar por el espectáculo, que es una verdadera delicia y en la que él mismo se sentó para acompañarse también de la guitarra: Around the world. Y, apoteósico ese gesto de calzarse los zapatos de claqué para bailar, al tiempo que cantaba, como un Fred Astaire cualquiera.

Y, entre tanto, vemos ya a David, como confesó a Lola, respondiendo a una de sus preguntas (“¿… piensas que has nacido para…?), citando a Mark Twain, le contesta que “hay dos días importantes, el de nacer y el de descubrir para qué. A este último no he llegado”. Estoy seguro, David, de que con experiencias tan gratificantes como estas, frente al público de Nave 73, ya lo has descubierto... 

Lo dicho: una verdadera delicia, noventa minutos memorables que, por cierto, una entrañable amiga -también una importante estrella del espectáculo- que, de forma inopinada, me encontré allí al entrar, me confesó que los disfrutaría por quinta vez … ¡Por algo será!