11 Jul

El burlador de Sevilla

Escrito por José-Miguel Vila
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'El burlador de Sevilla': Don Juan, cuatro siglos después

Seducir por seducir. Conquistar por conquistar. El 'veni, vidivicit' de Julio César sobre los campos de batalla, es la máxima de Don Juan Tenorio pero con las mujeres, sin más dilaciones ni requiebros -éticos o estéticos-, de los necesarios. Y después, 'a otra cosa, mariposa'. Ese es el concepto del antihéroe que aparece por primera vez en la literatura española de la mano de Tirso de Molina (1579-1648), seudónimo de Gabriel Téllez, en 'El burlador de Sevilla' (1627). Y este es, precisamente, el montaje que ha cerrado la temporada en el Teatro de la Comedia, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), que ahora inicia gira por España recalando en el Festival de Almagro. La versión es de Borja Ortiz de Gondra y la soberbia dirección es de José María Mestres, quien en su tarjeta de presentación del espectáculo afirma que "nos queda Tirso y la historia de su Burlador: un hombre que quiso ser Dios y acabó en el infierno".

Don Juan Tenorio no hace distingos (ni sociales, ni económicos, ni de virtud), en sus conquistas, y no se para en mientes a la hora de seducir, engañar y conquistar a mujeres de cualquier clase y condición, ya sean nobles, villanas o campesinas: “…y el mayor gusto que en mi puede haber, es burlar una mujer, y dejarla sin honor”.

En la primera escena, que discurre en Nápoles, entonces territorio español, Don Juan seduce a Isabela, una mujer noble, haciéndose pasar por su prometido el duque Octavio. Una vez descubierto por la joven engañada, huye por piernas y acaba refugiándose en la habitación del mismo Rey. Este, cuando conoce la afrenta de Don Juan, le encarga a uno de sus hombres de confianza, Don PedroTenorio (pariente del protagonista), detener como sea a ese hombre que se ha atrevido a deshonrar a la Duquesa en las estancias reales. Don Juan, en su huída, no dejará mujer alguna que se le ponga por delante, en conseguir sus favores, cueste lo que cueste. Incluso la muerte, porque para el sevillano, todo vale para derribar la voluntad de una mujer…

El montaje es imponente. Deslumbrantes son la escenografía de Clara Notari, el vestuario de María Araujo, la luz de Juanjo Llorens, la vídeo escena de Álvaro de Luna, el movimiento de actores en la coreografía de Jon Maya Sein, o la asesoría de canto de Juan Pablo de Juan. Todos esos aspectos realzan el principal, la palabra, el verso, que Pepa Pedroche ha sabido medir y fijar con la precisión de un relojero y la sensibilidad de un poeta. Por eso el verso reina sobre el escenario, en una interpretación muy homogénea de todo el elenco (15 actores sobre el escenario que, además, transitan frecuentemente por el pasillo central, acercándose así hasta el espectador que no solo ve sino que hasta huele su presencia). Ellos son Raúl Prieto (que construye un magnífico Don Juan), Elvira Cuadrupani (la Duquesa Isabela), Ricardo Reguera (el Rey de Nápoles/Fabio), Pedro Miguel Martínez (Don Pedro Tenorio/Rey de Castilla), Samuel Viyuela (Ripio/Anfriso), Egoitz Sánchez (el Duque Octavio), Mamen Camacho (estupenda Tisbea)Pepe Viyuela (graciosísimo Catalinón), Paco Lahoz (Don Gonzalo de Ulloa), Irene Serrano (doña Ana de Ulloa/Constanza/Belisa), Juan Calot (Don Diego), Ángel Pardo (Marqués de la Mota), José Juan Rodríguez (Batricio), Lara Grube (Aminta) y José Ramón Iglesias (Gaseno).

Noches estrelladas

De la teatralidad del texto ya se ha hablado suficientemente a lo largo de sus cuatro siglos de existencia. Hoy vuelve a sorprender por su vigencia, y ya se ha cuidado bien de ello Ortiz de Gondra en su versión. Y del montaje de Mestres hay que subrayar su belleza plástica, su delicada poesía, su magia y su agudo sentido del humor.

La noche estrellada del julio manchego es un complemento perfecto para una función que consigue rápidamente la entrega del público, y no es raro por todas las razones apuntadas. Se trata, es verdad, de una auténtica delicia de montaje.

La vigencia del burlador, que va dejando tras de sí todo un reguero de víctimas femeninas deshonradas, no deja de tener una triste vigencia porque entonces, como ahora, la voz de la mujer sigue denunciando esos abusos machistas, sin que la sociedad sepa escucharlos. Y, sino, a las funestas y cotidianas consecuencias me remito.

El poema dramático de Tirso tiene múltiples lecturas, que van desde las aventuras amorosas de un burlador que no teme a nada ni a nadie, hasta las filosóficas, presentando a un Don Juan que reta al mismo Dios mofándose de sus preceptos y leyes. Y no está mal que la función termine lanzando una pregunta al espectador (sobre todo hombre), de nuestros días, para que haga un examen de conciencia y mida sus valores y sus actitudes con los del Don Juan de Tirso. ‘El burlador de Sevilla’, en fin, es un montaje imprescindible para el hombre de nuestros días, y para la mujer, a quien ayudará a identificar mejor los donjuanes que, más tarde o más temprano acaban siempre revoloteando a su alrededor.

 

 

'El burlador de Sevilla'

AutorTirso de Molina

VersiónBorja Ortiz de Gondra

DirecciónJosep Maria Mestres

RepartoElvira CuadrupaniRaúl PrietoRicardo RegueraPedro Miguel MartínezSamuel Viyuela GonzálezEgoitz SánchezMamen CamachoPepe ViyuelaPaco LahozIrene SerranoJuan CalotÁngel PardoJosé Juan RodríguezLara GrubeJosé Ramón Iglesias

IluminaciónJuanjo Llorens

EscenografíaClara Notari

VestuarioMaría Araujo

Composición musical y espacio sonoroIñaki Salvador

Asesora de versoPepa Pedroche

Coreografía escénicaJon Maya Sein

Asesoría de cantoJuan Pablo de Juan

Vídeo escenaÁlvaro Luna

Hospital de San Juan (Festival de Teatro de Almagro. Ciudad Real)

Hasta el 15 de julio de 2018