25 Jun

Ophelia

Escrito por José-Miguel Vila
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‘Ophelia’, sinfonía trágica en tres tiempos

El joven director y dramaturgo Arturo Turón ha creado ‘Ophelia’ sin esconder que es también hija de ‘Hamlet’, el atormentado príncipe de Dinamarca, surgido de la pluma de William Shakespeare (Stratford-upon-Avon, 1564-1616), y de ‘La Máquina de Hamlet’, de Heiner Müller (1929-1995), dramaturgo alemán cuya carrera empezó en la antigua República Democrática Alemana (Alemania Oriental que, además de enfrentarse con sus primeras obras al sistema establecido, (‘Diez días que estremecieron al mundo’ o ‘La construcción’), decidió más tarde abordar adaptaciones de antiguas tragedias griegas y de obras de Shakespeare, entre las que se encuentra su ‘Hamlet/Hamletmáquina’.

Turón da un paso más, tras su extraordinaria y personalísima adaptación de una obra de Bergman, que había iniciado con ‘Alma’, y se adentra ahora en la construcción de una ‘Ophelia’ -que en realidad son tres Ophelias-, recluida en un hospital psiquiátrico porque no quiere vivir, porque esta vida se le hace muy cuesta arriba y quiere abandonarla: “Solo quiero que me arrope la muerte con su manto de terciopelo negro, y poder cerrar los ojos para no abrirlos nunca más”.

Mil aristas

Lo primero que es justo subrayar de esta ‘Ophelia’ de Turón es su osada apuesta por un teatro profundo, valiente, duro, que le planta cara a un asunto polémico, controvertido, y con mil aristas -morales, sociológicas, éticas, personales- sobre el límite de la libertad personal, y si este incluye o no esa posibilidad, la del suicidio. Un asunto que, como es lógico suponer, no va a atraer a esas masas de espectadores ávidos de ver sobre las tablas historias banales, intrascendentes, que muevan fácil y rápidamente a la sonrisa o, mejor aún, a la carcajada. Advertidos quedan que su sitio, desde luego, no es este. Pero también de que hacen falta dramaturgos como Turón, al margen de las modas y de los intereses económicos, capaces de llevar adelante un montaje tan personal como incómodo.

Ophelia, 25 años, con tendencias suicidas, es además anoréxica, bulímica y en sus muñecas hay claros indicios de que lo ha intentado ya más de una vez. Probablemente han sido sus seres queridos, su familia y sus amigos, quienes han optado por recluirla en un hospital psiquiátrico. Está ubicado en Elsinor, en plena Dinamarca, y se trata de un lugar aterrador, lúgubre, frío, donde todo está perfectamente pautado (gimnasia, desayuno, ducha, lectura, comida, siesta, juego, paseos, cena y a dormir…, y así un día, otro día, otro día…). En él se volverá a encontrar con los fantasmas de su pasado, en forma de otras dos Ophelias,quele han precedido en el tiempo y en la desgracia. Son así, en realidad, tres Ophelias enfrentadas a un solo Hamlet,con una triste, inapelable, fatídicay mortal cita con la muerte, el destino que llevaban marcado en su sino en busca de una vida mejor que, probablemente, se encuentre al otro lado del “muro”.

Las tres Ophelias están magníficas, desgarradoras: Ophelia, 1608 es Elena MartínezOphelia, 1977 es Laura de la Isla y Ophelia, 2016, Andrea Dueso. Y junto a ellas, y en idéntico nivel interpretativo, Laura Aparicio como la psiquiatraDoctora Spielrien, y Carlos Troya, como Hamlet. Es la Ophelia de nuestros días (Andrea Dueso) quien contacta de forma onírica, pero con la fuerza de lo real, con sus dos antecesoras, con idénticas, ensimismadas y tortuosas relaciones con el príncipe de Dinamarca, un tan ufano como desnortado Hamlet, obsesionado por enviar a sus Ophelias a un convento (real o virtual, da lo mismo).

También cada una de las tres Ophelias tiene su momento íntimo, personalísimo, en forma de monólogo, pero nos quedamos con el de la de nuestros días que, atada, inmovilizada con una camisa de fuerza, rendida, abatida, aún saca fuerzas para romper el muro que la separa del público (teatro dentro del teatro una vez más) y mirando a los ojos a cada uno de los espectadores, dirigiéndose uno a uno, les conmina para que se cuestionen su responsabilidad íntima y personal en el desastre de sistema político, social y de relaciones con el entorno que, entre todos, hemos creado y que nos conduce inexorablemente al suicidio colectivo.

Un texto valiente, una interpretación viva solo puede resaltar si el rompecabezas que envuelve al magnífico montaje de Arturo Turón, se enmarca en una iluminación precisa (verdes, rojos, azules), para resaltar cada estado de ánimo, de Jon Corcuera; una escenografía sencilla pero contundente (apenas una camilla de hospital, enfrente; una bañera, a la derecha, y un montón de ropa y bolsas tiradas en el suelo, a la izquierda del espectador), de la propia compañía, Nada en la nevera; una música y un espacio sonoro, a veces evocador, a veces inquietante, de Arturo Turón; un vestuario realista de Andrea Dueso, y una imaginativa coreografía de Clara Méndez Leite que no brilla en todo su esplendor por las reducidas dimensiones del escenario de la sala del Luchana en donde se representa el montaje.

Un montaje, en definitiva, más que interesante, pero únicamente dirigido a los verdaderos amantes del teatro que, sin duda, encontrarán en él nuevamente aspectos tan claros, novedosos, osados y variados que no les cabrá más remedio que pronunciarse ante el nuevo trabajo de Turón: ¿un loco, o un visionario? Nosotros, desde luego, pensamos que lo segundo.

‘Ophelia’

AutoríaArturo Turón, inspirado en ‘Hamlet’ de William

Shakespeare y ‘La Máquina de Hamlet’ de Heiner Müller

DirectorArturo Turón

IntérpretesLaura AparicioLaura DíazAndrea DuesoElena Martínez yCarlos Troya

FotografíaSergio Lardiez

CompañíaNada en la nevera

Teatros Luchana (Madrid)