24 Jun

Cinco horar con Mario

Escrito por José-Miguel Vila
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‘Cinco horas con Mario’: regresan los fantasmas del pasado

Treinta y seis años después de que Lola herrera se metiera por primera vez en la piel de Carmen Sotillos, “Menchu”, en el teatro Marquina de Madrid, la actriz vuelve a enfrentarse con el personaje de ‘Cinco horas con Mario’ en un monólogo delicioso, lleno de matices, que aborda, como entonces, de la mano de Josefina Molina como directora, y Jose Sámano, como productor. El tándem vuelve a funcionar, incluso, con mayor vigor y eso que la situación social y política de España nada tiene que ver, al menos a primera vista, con aquella de 1966, fecha en la que Miguel Delibespublicó la novela homónima que después fuera llevada a los escenarios de toda España (más de 2000 funciones) con extraordinario éxito de crítica y público.

¿Se puede vivir con una pareja toda una vida llena de mentiras o, lo que es peor, de medias verdades? ¿Sigue siendo la hipocresía una de las notas características de este país? A juzgar por el interés de los espectadores que, día a día, siguen llenando el teatro Reina Victoria de Madrid, donde se viene representando el montaje desde el 4 de mayo, desde luego que sí. Aunque haya cambiado el contexto social y político en este país, que nada tiene que ver con el que se mueve Carmen Sotillo, en donde los valores imperantes, las costumbres mojigatas o el miedo terrible al qué dirán, se han diluido como un azucarillo en el café, pero aún así algo -o mucho- hay de actual en el interior de ese personaje femenino que quiere quedarse solo ante el cadáver deMario, su marido, para pasar junto a él las últimas horas antes de ser enterrado al día siguiente, para volver a llenarlo de reproches por su intolerancia, su machismo, su falta de comunicación y por la opresión que vive Menchu y que no puede callar ni un minuto más. Una circunstancia que entonces -la novela que dio lugar a este montaje se escribió en 1966- sufrían muchas mujeres, pero que ahora no deben de andar tampoco muy lejos a juzgar por la tipología y las reacciones de complicidad del público asistente, integrado en una inmensa mayoría por mujeres -al menos el 80 por ciento-. Y, sin embargo, este texto debería interesar mucho más a los varones: ¿Qué piensan, de verdad, ellas de nosotros? ¿Somos tan machos?, ¿las hacemos tan felices como creemos, aunque sea siempre mucho menos de lo que decimos? Delibes era un sabio, no descubro nada con esta afirmación, pero cada vez que escucho o leo sus palabras, me parece un hombre más cabal, más de verdad…

 

Antes del entierro

Todo sucede en una ciudad de la vieja y tradicional Castilla en la noche del 24 al 25 de marzo de 1966. A través de unas voces en off, se escuchan conversaciones banales sobre alguien que acaba de fallecer y algún atisbo de lloro, que es cortado rápidamente por Carmen. Estamos en el velatorio de Mario, el marido de Carmen, muerto inesperadamente de un ataque al corazón, un intelectual provinciano, pequeño burgués, autor de algún libro, y siempre ausente de casa en sus tertulias, o metido en el despacho preparando sus clases y revisando sus papelotes, y sin prestar ninguna atención a los hijos. Ahora, su ataúd preside el escenario: una habitación de clase media, con varias sillas y un escritorio donde Menchu pasa ahora revista a objetos y recuerdos, que va separando y tirando a la papelera (“el mejor hombre debería estar atado”, le decía a Menchu su madre).

Ahora, frente a frente, la mujer habla a su marido en un lenguaje lleno de frases hechas, de coletillas, de tópicos en los que el espectador se ve fácilmente identificado. Menchu esconde una ristra de reproches largamente callados en vida que no quiere que Mario deje de “escuchar” antes de que sus restos reposen eternamente en el cementerio: que nunca le hubiera comprado un ‘600’, como habían hecho los maridos de todas sus amigas, ni una cubertería, ni que nunca le hubiese echado una mano en la educación de los hijos, ni de haber recurrido al peloteo para poder aspirar a tener un piso más grande de protección oficial (“No te has preocupado por nada”)…

Pero las quejas suben de grado y se transforman en rencor, en ira, cuando de lo que se trata es de sus relaciones más íntimas con Mario. Unas relaciones que si por algo se caracterizan es por su falta de pasión. La cosa comenzó ya en la noche de bodas, en donde Menchu se sintió profundamente humillada porque Mario se dio media vuelta en la cama y se durmió (“Ni un solo gusto me has dado en la vida”). Unas tibias relaciones de pareja que explican la apasionada y fugaz relación que Menchutuvo con Paco -uno de sus rendidos admiradores-, que un día la sorprendió parando en seco su ‘Tiburón’ delante de la parada del autobús donde se encontraba Menchu,haciéndole muy difícil rehusar la tentadora propuesta…

La fuerza interpretativa de Lola Herrera sumerge al espectador en un vaivén emocional, en medio de la retranca (muchas veces amarga) de la que Miguel Delibes era un maestro en su utilización. Herrera comienza siendo una Menchu muy encogida, susurrando, más que hablando a su marido, que poco a poco se va creciendo hasta finalizar recriminándole: “no te encojas de hombros, como siempre”.

Escuchar a la gran Lola Herrera es, como siempre, una verdadera delicia que, 36 años después, ha sido capaz de multiplicar porque la hondura y la sabiduría de la actriz vallisoletana han crecido exponencialmente.



‘Cinco horas con Mario’, de Miguel Delibes

DirectoraJosefina Molina

IntérpreteLola Herrera

Voz locutorJulio López

Fotografía y vídeoDaniel Dicenta

Iluminación: Manuel Maldonado

Música: Luis Eduardo Aute

Espacio sonoro: Mariano Díaz

Espacio escénico: Rafael Palmero

Directora de producción: Nur Al Levi

Producción: José Sámano

Teatro Reina Victoria, Madrid

Hasta el 26 de junio