17 Feb

La Plaza del Diamante

Escrito por José-Miguel Vila
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La inmensa fuerza dramática de Lolita se impone en "La plaza del Diamante"

Si me dicen hace unos meses que Lolita, la mayor de los Flores, iba a encarnar un personaje como Colometa en "La plaza del Diamante", el personaje central de la novela que Mercè Rodoreda publicó en 1962, que ahora ha adaptado Joan Ollé y que desde hace unas semanas se representa en la sala pequeña del Teatro Español, me habría echado las manos a la cabeza. 

Hoy, después de asistir a esos 75 minutos mágicos que duran los  aproximadamente 20 folios a los  que ha reducido Ollé la novela  original de su paisana, no tengo ningún rubor en admitir que mi prejuicio me habría llevado al error.

Lolita ha sabido meterse -y supongo, que no sin dificultad- en la figura encogida, sumisa, contenida y con esa voz profunda que le sale de las mismas entrañas, de una Colometa de la que puedo decir que  "mejor, imposible". La  mayor de los Flores ha demostrado -viene haciéndolo desde finales de septiembre y hasta el 23 de noviembre- que cuando hay genio, no hace falta academizarlo. Vamos, que ella no ha pasado por ninguna Escuela de Arte Dramático, ni falta que le hace. Lleva una actriz dentro como la copa de un pino. No menor del tamaño de Anna Magnani, la musa del neorrealismo italiano, o de Lola Herrera, que es a las dos actrices a quienes me recordó Lolita. La primera, por su fuerza racial latina, muy similar a la de la Flores. La segunda, porque, tras su genial interpretación de "Cinco horas con Mario", no había vuelto a ver una actriz con la fuerza   interior, la continencia (impresionante ese grito sordo y desgarrado  que emite Lolita en la función...), la sumisión, pero al mismo tiempo  la fe y la esperanza de una mujer dispuesta a vivir a pesar de todo.  

Repito: Lolita ha demostrado ser una actriz de los pies a la cabeza que, de aquí  en adelante,  no deberían desaprovechar directores y escritores de teatro españoles. Si ha estado ahí, en segundo o tercer plano, en la  primera mitad de su vida (quizás, con la única excepción de su papel  en la película "Rencor", de Miguel Albaladejo, con el cubano Jorge Perugorría como partenaire), estoy seguro de que la segunda va a seguir proporcionándonos momentos tan intensos, deliciosos, e inolvidables como los que Lolita da a Colometa en esta función dirigida por el experimentado director catalán.

En 1982, se estrenó en el cine la estupenda adaptación a la pantalla de Francesc Betriú de la novela de Rodoreda (Silvia Munt y Lluís Homar interpretaban a sus dos personajes principales). Posteriormente, en 1984, media España siguió en TV los cuatro capítulos de la serie -que fue repuesta en 1986- . En Barcelona, en 2008, en el Teatre Nacional de Catalunya, y bajo la dirección de Josep María Benet i Jornet, pudo verse otra adaptación. No tuve ocasión de asistir, pero me cuesta trabajo pensar que pudo haber la intensidad, la verdad y la vida que rezuma  por todos los poros de esa mujer apocada que ha hecho Lolita Flores que, durante toda la función, permanece sentada, con las manos entrelazadas en su rergazo, las piernas juntas, el pelo recogido, sin  apenas maquillaje y teniendo a su disposición únicamente su voz y la gestualidad de su cara. 

La acción de "La plaza del Diamante" transcurre en la Barcelona de la postguerra. Natalia -a quien su primer marido (el Quimet) llama Colometa- pierde a sus seres queridos, pasa hambre y es incapaz de sacar adelante a sus hijos. La situación la lleva al extremo de  planear un parricidio con ellos que, finalmente, no se produce porque  Colometa se aferra al único hilo que la vida le ha puesto delante: la bondad de su segundo marido (el Antoni), un hombre gris, dueño de un colmado para el que trabaja la mujer, y  con el  que acabará casándose. 

Un aplauso encendido a Ollé por haber tenido la idea, primero, y la  valentía después, de haber escogido a una actriz de personalidad tan opuesta a la de su personaje, Colometa, porque ese triple salto mortal solo lo dan quienes están absolutamente seguros de su decisión. Y Ollé, no lo duden, ha acertado de pleno. Hasta el punto  de que, probablemente, tanto en las vidas profesionales de Lolita como en la de su director, habrá un antes y un después de esta  Colometa en "La plaza del Diamante".

Asistí a la función del domingo, 26 de octubre, día en que felizmente   todo el público tuvo oportunidad de tener un interesante coloquio   con la actriz y el director y adaptador de la obra, apadrinados por el director del Español. Un coloquio del que me quedo con el emocionado recuerdo de Lolita por sus padres (ese esbozo de   imitación de lo que habría hecho La Faraona, de vivir todavía, para suplantar a su hija en la obra, fue genial...), con su declaración pública de su condición de creyente y de la referida tensión dialéctica entre director y actriz durante toda la preparación de la obra, que  ha culminado con una  buena amistad, que se trasmitía sin esfuerzo del escenario a la platea.

¡Chapeau, Lolita! ¡Chapeau, Joan! Mi felicitación a los dos y, desde ahora mismo, mi más ferviente reconocimiento y admiración  por un trabajo que tarde o temprano podrá verse en directo en toda España   (Cataluña incluida, por supuesto), pero también por estudiosos y  apasionados del teatro porque va a formar parte de ese fondo  audiovisual que la nueva dirección del Teatro Español, con Juan Carlos Pérez de la Fuente a la cabeza, sé que va a impulsar  y consolidar con decisión.

Y, por último, déjenme decir que, por enésima vez, queda demostrado que no hace falta ningún marketing, ningún escándalo, ninguna escenografía deslumbrante, ni un plantel de figuras consagradas para atraer la atención del espectador. Basta con un viejo y destartalado banco en la mitad del escenario, una actriz como Lolita, un texto como el de Rodoreda y un director y adaptador como Ollé. Esto es teatro, y teatro del de verdad, que los espectadores  madrileños van a tener que correr para no perderse porque, a diario, se cuelga en la sala el cartel de "Agotadas las localidades".

 

Foto de portada: Sergio Parra