21 Sep

El minuto del payaso

Escrito por José-Miguel Vila
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'El minuto del payaso': risa, sí, pero amarga

Un payaso espera el momento de su entrada a la pista del circo. Entre tanto, y mientras se va vistiendo y desvistiendo en el foso del local, los recuerdos de toda la vida se agolpan en su mente. Y entre ellos, sobresalen dos figuras capitales en su crecimiento como persona y como payaso: el de su padre, un payaso Carablanca heredero de un oficio que venía de varias generaciones, y el del Chino de Burgos, un personaje entrañable y sabio, que ha marcado la vida del payaso.

Homenaje al mundo del circo a través de un personaje que nunca llegará a ser Charlie Rivel, uno de los Raluy, Pepe Viyuela, ni Grock, ni Zampabollos. A él, en realidad, le habría gustado ser domador de elefantes y llamarse Simbad, pero la triste realidad, la que se encuentra allí, en el foso, preparándose para salir a la pista, se llama Amaro junior y lo mejor que sabe hacer es «comerme una flor y tirarme un pedo». Todo vale para despertar la sonrisa de un público variopinto, las más de las veces triste, solo y desgraciado a quien Luis Bermejo -el actor que durante 75 minutos asume la personalidad de Amaro junior- se enfrente cada día hasta el próximo 11 de octubre, como Gary Cooper, en ‘Solo ante el peligro’, a los cien espectadores que aloja la Sala Margarita Xirgu (la pequeña) del Teatro Español de Madrid. Más de una hora reflexionando, evocando, despertando risas, sonrisa y carcajadas, para pasar al final a dar un giro radical hacia la confidencia más íntima y personal, la que configura al hombre y no solo al payaso.

Luis Bermejo es un estupendo Amaro. Domina el gesto, el movimiento, la palabra, el histrionismo -nunca excesivo, y controlado desde el primer al último minuto de la función-, el diálogo con el público -“¿Cuánto tiempo te durará esta risa?”, “… ¿aquí hay alguien que no hable solo?”, “… la gente entra con su mierda y en menos de un minuto se la quitas y cuando sale a la calle se tropieza con ella”-. Y hasta se atreve a cantar un par de canciones, guitarra en mano, saliendo más que airoso en el empeño -“la música es como la risa, te defiende del miedo”-.

El resultado: los aplausos espontáneos, sinceros e incontenibles del público en algunos momentos de la primera parte del montaje, y los más reflexivos (“si te ríes, piensas”), cerrados y sostenidos del final de un montaje redondo de Fernando Soto -director- partiendo del texto de José Ramón Fernández -autor-, y con la eficacísima ayuda de un reducido pero eficaz equipo técnico con Mónica Boromello, que ha ideado un espacio escénico y vestuario apropiadísimos, y la iluminación de Eduardo Vizuete. El espectador, cuando entra a la sala, se encuentra las cuerdas del telón de las que penden unos pequeños sacos llenos de arena, una silla, una guitarra, una pizarra donde está anotado el orden de salida a pista de los artistas, una butaca roja raída, unos altavoces y un cartel con el aviso de “Silencio” (acaso por eso mismo, el payaso no para de hablar en su monólogo interior compartido con el público). La maleta metálica, que se convierte en su personal e improvisado camerino, con el vestuario, unas fotos de recuerdo y el imprescindible espejo y seis luces, complementan el atrezzo del montaje.

 

Tampoco hace falta mucho más para darle un repaso a la vida propia y a la de todos, con una dosis justa de humor y de verdad, como Amaro junior decide llevar a la práctica, siguiendo las sabias orientaciones de Oscar Wilde: “Si les dices la verdad, te matarán. Así que hazles reír”. Ese es el único pero gran secreto de un siempre viejo y nuevo oficio que “es una celebración de la vida” pero que, al mismo tiempo, no deja de tener la función de “entretener la espera, para no acordarte de que tienes que morir”.


‘El minuto del payaso’, de José Ramón Fernández
Director: Fernando Soto
Teatro Español de Madrid (Sala Margarita Xirgu)
Hasta el 11 de octubre