11 Sep

La virtud de la torpeza

Escrito por José-Miguel Vila
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"La virtud de la torpeza", poética historia de desencuentros amorosos

 Esta circunstancia provoca situaciones tan curiosas como que el director de la función, Fernando Soto, tenga en el cartel madrileño cuatro montajes al mismo tiempo en el breve periodo de un mes. Me refiero, además de ‘La virtud de la torpeza’, a ‘El minuto del payaso’ (Sala pequeña del Teatro Español), ‘Delirare’ (Galileo) y, por último, los celebrados “Universos paralelos, sutiles, profundos y poéticos” -http://www.diariocritico.com/ocio/teatro/critica-de-teatro/constelaciones/474971-, como calificamos en su día- a ‘Constelaciones’ (ahora en los Teatros Luchana).

Digo esto porque, visto desde fuera, podría parecer que Fernando Soto nada en las aguas de la abundancia económica y que su insaciable sed de éxito y dinero le impiden decir que no a nada. La realidad, sin embargo, dista mucho de esa primera apariencia y se acerca mucho más a la necesidad de afinar el ingenio y poner en marcha el motor de la creatividad para sacar adelante los proyectos que su voluntad, el azar y el destino (¡que tanto tienen que ver con el arte del teatro!), por un lado, y la humana manía de comer caliente de vez en cuando, y dormir bajo techo y entre sábanas, por otro.

De cualquier forma, lo que es cierto es que cuanto toca la mano de Soto es garantía de profesionalidad, cuidado, esmero, sensibilidad y, en definitiva, de calidad. ‘La virtud de la torpeza’, no iba a ser menos. Y, aún sin quitar una coma de cuanto digo, otra cuestión bien distinta es que todo lo que hace el actor y director madrileño guste a todo el mundo. Este montaje, por ejemplo, puede ser buena prueba de ello y voy a justificarlo a continuación.

Teatro y Danza

‘La virtud de la torpeza’ podría encuadrarse en ese género híbrido denominado ‘Teatro danza’, o viceversa, es decir ‘Danza teatro’, en función del mayor énfasis que el espectador quiera o sepa poner en cada uno de los dos ingredientes que, en cualquier caso, componen el montaje del que vamos a hablar específicamente a continuación.

Cuando el público se adentra en la sala Mirador encuentra en el extremo izquierdo del escenario una mesa de cocina de madera y 2 sillas situadas frente a frente. Sobre la mesa, pan, frutas y mermeladas de aspecto suculento y perfectamente ordenados. La mesa parece estar preparada siempre para comer, para recibir “a los que vengan”, como repite ÉL insistentemente. Su sueño eterno ha sido siempre vivir para siempre junto a Ella;ese podría ser el marco perfecto para que toda una vida en común, en pareja, discurra lenta, sencilla, inexorablemente hacia la felicidad. Pero el destino es caprichoso y, a veces, todas las premisas necesarias, no siempre concluyen del mismo modo. Ese es el caso de Ella,Paula Quintana,y Él,Daniel Gallardo. Los dos actores se entregan en cuerpo y alma a su papel y el espectador lo nota desde el primer instante hasta el final de la obra (algo más de 60 minutos de duración). Se creen sus papeles y lo transmiten con sinceridad y hondura. Sus personajes son seres atormentados, con la pasión siempre a flor de piel, pero tremendamente indecisos y en plena y mutua exploración para sentar las bases de una futura y fecunda vida en pareja. Pero la pasividad de Él y la búsqueda, la duda y las ganas de huir de Ellaprovocan desencuentros frecuentes en la pareja que, finalmente, acaban con la separación.

La historia, si me permites, aquí es casi lo de menos. Lo que importa es la forma de contarla y, sin duda alguna, eso favorece el lucimiento actoral especialmente dePaula Quintana, bailarina excepcional y actriz estupenda, que con una sonata para violín y piano de fondo, o con música moderna y estridente -las dos marcan sus ánimos extremos entre los que se mueve- es capaz de evolucionar por todo el escenario con la flexibilidad, la dulzura o la violencia interior que su estado de ánimo le exigen en cada momento. Tanto la música como la danza son fundamentales en el montaje de Soto, y sin ellas el resultado final habría sido muy distinto.

Frente a Ella está Él, Daniel Gallardo, que le da la réplica que le exige el guión que, desde luego, le marca un hieratismo casi de una escultura griega de Praxíteles (generalmente, incluso, hasta duerme de pie). Daniel está en su papel y lo dice -ya lo indicado antes- con convicción, con profundidad y desgarro interiores y con verdadero sentimiento porque es un actor excelente. Pero -y es aquí a donde quería llegar-, personalmente creo que en el montaje es la danza la que domina, y el teatro es quien, en esta ocasión, está a su servicio, para explicarla, hacerla más inteligible y discursiva, y no al revés.

En el montaje de ‘La virtud de la torpeza’,de cualquier forma, la poesía atraviesa suspendida, zigzagueante, etérea o afilada -según los momentos- todo lo que sucede en escena. Y tanto el actor, como la actriz y bailarina han sabido meterse en la piel de los dos miembros de la pareja. Ambos personajes definen en solo dos frases, que pronuncian, uno al principio de la obra y otra casi al final de la misma, el porqué de un título inicialmente tan difuso y opaco. Él afirma: “Todo lo que hay después de ti es inesperado”. Y Ella concluye, triste y derrotada: “Tú y yo no sabemos querernos. Somos torpes”. Es cierto, quizás, que eso de acertar a amarse es solo cuestión de mayor o menor torpeza…

Un montaje fascinante, preciso, delicado, poético y, por tanto, posiblemente minoritario y orientado a espectadores habituales de teatro que saben distinguir muy bien entre un vino espumoso común y un champagne francés.

 

‘La virtud de la torpeza’, de Cristina Redondo

Dirigida por Fernando Soto

Intérpretes: Paula Quintana y Daniel Gallardo

Iluminación: Raúl Baena, Fernando Soto

Diseño de Espacio Escénico: Mónica Boromello, Fernando Soto

Atrezzo: Beatriz Almendros

Vestuario: Por El Amor de Romeo

 

SALA MIRADOR. 17 y 24 de septiembre, a las 20h