17 Mar

La casa de Bernarda Alba

Escrito por José-Miguel Vila
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Lorca, 80 años después, en el Teatro Español.

 

La Compañía Tribueñe, de la mano de su alma mater, Irina Koberskaya, ha llevado a las tablas del Teatro Español de Madrid "La casa de Bernarda Alba", uno de los emblemas dramáticos de Federico García Lorca.

Tribueñe viene desarrollando un trabajo encomiable desde hace una década en su pequeña sala alternativa situada en las proximidades de la madrileña plaza de toros de las Ventas y, acaso por eso mismo, por lorquiana, por española y por típica y tópica, esta versión de Bernarda Alba está repleta de recursos alusivos a la España profunda: sonidos de bandas, trompetas y tambores, procesiones, riguroso luto, abanicos y, sobre todo, el fogonazo de Adela, la pequeña de las hijas de Bernarda Alba, que en un gesto apasionado y desesperado, lanza al aire y deja a sus pies un largo trozo de lienzo rojo, que recuerda el capote taurino, como gesto desafiante a la madre y al mundo, para proclamar a los cuatro vientos que ella, y no su hermana mayor, Angustias, es la verdadera mujer de Pepe el Romano.

Recordemos que Bernarda Alba, tras quedarse viuda, cierra a cal y canto las puertas de su casa, habitada únicamente por mujeres (ella misma, sus hijas, su madre y dos sirvientas más) con el declarado y firme propósito de no volver a abrirlas hasta 8 años después, cuando se haya pasado el luto que impone la costumbre de la época. Esa circunstancia, la juventud de sus hijas y que, como siempre se ha dicho, no se le pueden poner puertas al campo, desencadenan la tragedia en la que -como no puede ser de otro modo- hay un hombre , Pepe el Romano, novio por interés de Angustias, hija del primer marido de Bernarda, pero que se encapricha de Adela, la menor de las hermanas, que no está dispuesta tampoco a renunciar a él, de ningún modo, y lleva ese sentimiento hasta la muerte.


Lorca escribió el drama en los años 30 del siglo pasado para denunciar, aunque de forma poética, la hipocresía, el rigor, la dureza y la verdad descarnada de la España profunda que, poco después, acabaría enfrentándose de forma fratricida y llevando a la tumba al mismo poeta granadino. Un asunto que, aunque no esté fuera del folklorismo, no es precisamente el aspecto esencial de la obra y en el que, sin embargo, inciden en exceso -a nuestro juicio- Irina Kouberskaya y Hugo Pérez de la Pica, directores de la obra.


Son casi innumerables las versiones que se han montado de la obra de García Lorca, razón por la cual este empeño de los padres de Tribueñe merece más que respeto, pero esto implica también un riesgo extremo porque despierta en el espectador la memoria reciente, que la traslada a Las Naves del Matadero para recordar como en 2009 y en versión de Lluis Pasqual, Nuria Espert y Rosa María Sardá dieron vida a Bernarda y a Poncia, respectivamente. O como un año después, en el Español, la sevillana Pepa Gamboa llevó a ocho gitanas chabolistas al escenario. O como un poco más atrás, en 1998, María Jesús Valdés (Bernarda) y Julieta Serrano (Poncia), dieron vida también a estos personajes lorquianos en el María Guerrero, sede del CDN, dirigidas por Calixto Bieito. O la transgresora encarnación, en 1976 (Teatro Eslava), de la figura de Bernarda por Ismael Merlo, bajo la dirección de Ángel Facio.

Un drama, en fin, a nuestro juicio, el recreado por Irina y Hugo, con excesos de simbolismo y falta de naturalismo que se salva por el excelente trabajo de las actrices Irina Kouberskaya (Mª Josefa, madre de Bernarda), Carmen Rodríguez de la Pica (Bernarda), Badia Albayati (Adela), Alejandra Navarro (Angustias), Matilde Juárez (Martirio), Rocío Osuna (Magdalena), Irene Polo (Amelia), Mª Luisa García Budi (criada), Enriqueta Sancho (vecina), y, en especial, de Chelo Vivares, actriz que encarnó a Espinete -personaje principal de Barrio Sésamo-, la famosa serie de TVE de los años 80, y que da vida a una Poncia también memorable y más que creíble.