18 Dic

El malentendido

Escrito por José-Miguel Vila
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Días antes de terminar su reposición en Las Naves del Teatro Español de Madrid, acudí a ver la versión de El malentendido, de Albert Camus, en una fría noche de principios de diciembre.

No era 1944 -fecha en la que el escritor francés escribió esta obra-, época para la ilusión y el optimismo, en plena II Guerra Mundial, en donde el existencialismo y la incomunicación, como dos imparables jinetes del Apocalipsis, parecían ser el único e inevitable desesperanzado camino del hombre.

En la obra de Camus, la verdad, la bondad, no parecen encontrar salida alguna, ni siquiera con la buena voluntad inicial que anima al hijo que vuelve a casa 20 años después de haber salido a buscarse la vida. Se trata de Jan (Ernesto Arias), acompañado por su esposa María (Lara Grube). La vida ha sonreído al hijo, que vuelve con el loable fin de repartir su fortuna acumulada con su madre (Julieta Serrano) y su hermana Marta (Cayetana Guillén Cuervo). Ambas regentan una pensión en donde no encuentran más salida que matar a sus clientes para robarles el dinero. Y lo hacen sin cargo de conciencia alguno. Jan prefiere no revelar inicialmente su identidad, razón por la cual acaba como los demás huéspedes, desencadenando la tragedia que lleva a su madre a quitarse la vida, cuando conoce la identidad del nuevo visitante, que resulta ser su hijo.

En un mundo tan duro, en plena contienda mundial, en donde los muertos, los humillados, los heridos, los desesperanzados, se cuentan por millones, no parece haber lugar alguno para Dios, ni para la razón, como Camus refleja atroz y contundentemente en su texto, y Eduardo Vasco, el director de esta intachable versión de El malentendido acierta y potencia en su casi desnuda puesta en escena, en donde únicamente la luz, las sombras, la penumbra y un par de bancos y muebles remarcan el inevitable vacío existencial de cuanto ser humano se mueve por allí.



Parece muy fácil desde fuera. Se habría evitado la tragedia familiar si Jan, sencillamente hubiera llegado a su casa, se hubiese identificado y compartido con su madre y hermana su voluntad de asistirles
mujeres- es tozuda y, a veces, nos ahoga en nuestros propios actos, en nuestras propias obsesiones hasta el punto de hacer imposible que una madre reconozca a su propio hijo, o a que una hermana llegue a proclamar que: "Amor, alegría y dolor son palabras que no caben en mi cabeza".

Y, entre tanto, un criado, al que da vida Juan Reguilón, (¿Dios?) viene y va por escena, asistiendo al drama sin aparentes posibilidades de intervención. ¿Indiferencia o respeto y libertad por el ser humano? Esa es la eterna pregunta, cuya respuesta depende exclusivamente de la fe de quien se ve enfrentado al drama de vivir. El espectador de Las Naves del Español, sin duda, tuvo que hacerlo, durante o después de terminada la obra porque su director, conscientemente, consiguió que todos allí nos encontrásemos incómodos con la dureza, la frialdad y, al mismo tiempo, la humanidad de cuanto ocurría en escena.

Además, dos queridos y reconocidos actores, Fernando Guillén y Gemma Cuervo, padres de Cayetana Guillén Cuervo (magnífica, en su papel), sobrevolaron la noche con el recuerdo de su interpretación en la versión de la obra dirigida por Adolfo Marsillach en 1969.

Inevitable también, para mí, días después, cuando escribo estas líneas, dejar de pensar en la posibilidad de redención de la humanidad con figuras tan excelsas como la de Nelson Mandela, Madiba, el líder negro que revolucionó África con el perdón y el diálogo con el enemigo como única vía de salida a una situación secularmente injusta. De no haber sido así, África habría vivido otro "malentendido" de funestas y apocalípticas consecuencias.