18 Nov

Tirano Banderas

Escrito por José-Miguel Vila
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Un "Tirano" con todos los acentos

Aún recuerdo aquel octubre de 1974 cuando, recién llegado a Madrid como humilde estudiante de periodismo -y de provincias-, asistí al Teatro Español a la representación en versión adaptada de Tirano Banderas, la genial novela de don Ramón María del Valle Inclán, estrenada por José Tamayo, en la versión de Enrique Llovet, y con el mexicano Ignacio López Tarso dando vida a Santos Banderas. Los ecos de la muerte de Carrero Blanco, asesinado a manos de ETA en diciembre del año anterior, y las inevitables comparaciones del tirano del escenario con el que en esos años regía con mano implacable los destinos de España, eran tan certeros como sorprendentes. Y digo esto porque, entonces como hoy, el teatro donde se representaba la obra valleinclanesca era público.

Reviví en aquel momento la conmoción que unos años antes (1971) me produjo Luces de Bohemia, en el Bellas Artes, también bajo la dirección de Tamayo y con Carlos Lemos (Max Estrella) y Agustín González (don Latino de Hispalis), a la cabeza de otro gran elenco de actores. Era, por cierto, la primera vez en mi vida que asistía a un teatro, la primera vez que pude percibir los susurros, las voces, las emociones, la tensión y el sudor de actores y actrices sobre un escenario y a menos de 10 metros de distancia. Desde entonces no he podido, ni querido, sacudirme de encima la necesidad de seguir siendo espectador.

Ahora, casi cuarenta años después de su estreno, he vuelto al Español para ver el mismo Tirano Banderas pero con una producción de Oriol Broggi y con un reparto de actores de diversas nacionalidades, encabezado por el también mexicano Emilio Echevarría (Santos Banderas), iniciativa que aúnhace más universal la intención de la obra. En efecto, seis actores y dos actrices, magistralmente dirigidos, interpretan de forma deliciosa casi 50 personajes.

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero eso pudo ser cierto hasta la aparición de la segunda mitad de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, la universal novela de don Miguel de Cervantes, que echó por tierra y para siempre ese viejo aserto que, ya para siempre, dejó de asociarse al maleficio. Con este Tirano Banderas, en mi caso ha pasado otro tanto. Me parece una versión excepcional, a la que cualquier buen aficionado al teatro no puede dejar de asistir.

Pasado, presente y futuro
Tirano Banderas vio la luz en la España de 1926, en pleno gobierno de Primo de Rivera y, aunque su acción se desarrolla en un país indeterminado del subcontinente americano, se centra en torno a un personaje genérico, un tirano de cualquier república bananera, pasada, presente y, desgraciadamente, seguramente también futura. Desde entonces, Santos Banderas (Tirano Banderas me llama el pueblo Cabrón, dice el protagonista) ha sido llevado en varias ocasiones al escenario, como adaptación teatral, y en 1993 hasta la gran pantalla por José Luis García Sánchez.
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La obra, más que una tragedia, es un esperpento. El autor, Valle Inclán, puso en labios de Max Estrella, el personaje de Luces de bohemia, las líneas fundamentales de su estética del esperpento: deformación, sentido trágico, ironía grotesca, uso del sarcasmo... Todo esto, por supuesto, recorre también, y de principio a fin, este Tirano Banderas, en lo que para mí es también una lección de dirección, interpretación y adaptación de un texto memorable.

A una escenografía minimalista, potenciada por una excelente iluminación, se suman, en esta versión que hoy podemos ver en el Teatro Español, los ecos gachupines (castellano, gallego, catalán), bolivianos, mexicanos, uruguayos, argentinos, ecuatorianos, venezolanos,..., todos esos ecos de una lengua -el español- que ha hermanado las dos orillas del Océano con un texto brillante y provocador de un gallego universal.



Ecos lejanos de un tirano español que, como hemos dicho ya al principio, Tamayo burló en1974, en este mismo escenario haciendo vibrar a los espectadores que acudimos a ella con una metáfora tan evidente y actual como la que propone Valle Inclán en la obra. Porque estos requiebros y semejanzas son, desgraciadamente, tan actuales hoy como en esos años 20 en España, como podrán comprobar pronto espectadores venezolanos, cubanos, bolivianos, ecuatorianos y argentinos en la gira que esta obra tendrá en los primeros meses de 2014 por el continente americano.

Tirano es la metáfora de la egolatría del poder (yo, mi, me, conmigo) a través del juego de espejos del madrileño Callejón del Gato, del esperpento valleinclanesco de la lucha de poderes tiranos y revolucionarios en los distintos países latinoamericanos, o de cualquier latitud del globo. Una obra vigente, inmortal, memorable, que invita a lectores que aún no hayan ojeado la novela, a que no pierdan ni un minuto en hacerlo, o a los espectadores a acercarse a disfrutar de esta adaptación al Teatro Español de Madrid.