14 Jul

Voluntades y últimas voluntades

Escrito por José-Miguel Vila
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Hace ahora unos tres años, una empresa funeraria valenciana decidió unir la tradición de la pólvora levantina y las últimas voluntades de los fallecidos...

y se decidió a ofertar poner sus cenizas en una carcasa pirotécnica que se dispara al cielo y estalla con un potente estruendo. Sin necesidad de conocer el balance de resultados de la empresa -desde luego, en este sector la clientela nunca falta- puedo asegurar que esos servicios siguen ofertándose y que sus profesionales pirotécnicos siguen desplazándose hasta el escenario elegido por la familia del difunto, que suele ser generalmente un espacio abierto que guarda alguna vinculación con su pasado o con su voluntad. Allí, como culminación del acto ritual de homenaje y despedida, sus cenizas se elevan al cielo, para caer después esparcidas en mil diminutas partículas en el trozo de tierra elegido. ¿Capricho, extravagancia post mortem, o futura práctica habitual? ¡A saber..!, porque estas cosas están cambiando mucho en los últimos años y no hay quien se atreva a vaticinar sobre el particular.

No estoy muy seguro de si esta oferta calará más entre aquellos que quieren llegar antes al cielo -los creyentes-, o entre esos otros -agnósticos o ateos-, cuyo rito para conmemorar el final de sus días en la tierra debería traerles al pairo, habida cuenta de su seguridad de que todo acaba con el último suspiro del ser humano. En todo caso, supongo que entre contratar plañideras -como se hacía hasta hace no tantos años- para tener un velatorio “como Dios manda” y estos actos de despedida tan… digamos “sonoros” hay un término medio por el que, al menos al que suscribe, le gustaría pasar, supongo que movido por su natural discreción, que no querría perder ni siquiera en esos últimos momentos de la vida. Pero, en fin, líbreme Dios de juzgar a nadie, que ese es un oficio muy duro y un tanto desagradable que, además, Él no puede ni quiere delegar, ni subcontratar.

 

Decisiones

Pero, dando un paso atrás, y viniéndonos de nuevo a la vida terrenal -que es de la única que tenemos experiencia directa y personal-, admiro profundamente a esas personas mayores que se aferran a la vida con todo su ser, y se ponen el mundo por montera frente a los convencionalismos, la opinión pública y las costumbres establecidas. Entre nosotros, dos claros y recientes ejemplos de ello pueden ser el nobel hispano-peruano Mario Vargas Llosa, y la que fuera Duquesa de Alba que, a pesar de sus avanzadas edades, optaron por asumir públicamente sus relaciones de pareja, y vivirla con luz y taquígrafos.

La vejez -otros lo llaman la tercera edad-, desde luego, está cambiando -¡y mucho!- en los últimos años. Más allá de la moda de tratar de mantener la apariencia física hasta el último día de la “eterna juventud”, son muchas las personalidades que no renuncian a tener una vida plena hasta el final, y muchos también los sectores de actividad económica que no hacen ascos a recurrir a personas mayores para incentivar la demanda de productos, o buscando que el público destinatario se identifique con ellos. El año pasado, por estas mismas fechas, el diario español El País dedicaba todo un reportaje a la norteamericana Carmen Dell'Orefice, quien a sus 83 años es la maniquí más longeva en activo. Dalí la fotografió con 14 años y hoy sigue desfilando. Pero el suyo no es el único ejemplo porque algunas otras modelos siguen también ese mismo camino: En 2013, Jacquie Murdock hizo la campaña de Lanvin. Y, en 2010, Gitte Lee (80) volvió a ponerse delante de la cámara para Celine.

Las personas tienen derecho a recorrer el camino de la vida como mejor les parezca, si con ello no interfieren las vidas de los demás y no incomodan más allá de lo razonable a nadie. Y, después de muertas, digo otro tanto. Cada cual es muy dueño de elegir la forma de despedirse de los seres queridos que deja, aunque a otros semejantes su último deseo pueda parecerle rocambolesco, extemporáneo o extravagante. Al fin y al cabo, si esas no son actitudes sancionables en vida por la justicia, menos aún tienen que serlo una vez muertos.