30 May

Enganchados…, y cada vez menos libres

Escrito por José-Miguel Vila
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El psicoanálisis, ese procedimiento curativo de los trastornos mentales, principalmente de las neurosis, mucho me temo que va a volver a ponerse muy pronto otra vez de moda.

Su fundador, Sigmund Freud, construyó este método de fragmentación de la estructura psíquica cuyo objetivo es la investigación de los significados inconscientes del comportamiento, así como los sueños y fantasías del individuo. Y digo esto porque cada vez observa uno comportamientos (no sé si conscientes o inconscientes) más extraños e imprevisibles que denotan un estado manifiestamente mejorable de nuestra sociedad y de muchos de los individuos que la componen.


¿Cuántos padres -por ejemplo- no saben ya qué hacer o a quién recurrir para conseguir que sus hijos se despeguen de una vez de la pantalla de su móvil? Y es que nuestros jóvenes, las más de las veces imitando los comportamientos de los adultos que tienen a su alrededor, se pasan el día mirando a la pantalla de no sé cuantos leds y pulgadas de su móvil, descubriendo los aspectos más ocultos de programas y aplicaciones, como quien acaba de descubrir los secretos ocultos de la biblioteca de Alejandría. Y, al mismo tiempo, probablemente desconocen el color de los ojos de amigos y compañeros con los que llevan conviviendo años y años. Más que patético, el asunto es dramático.

Hasta el momento en que no descubramos colectivamente que la premisa para poder hacer algo al respecto es reconocerlo, no podremos más que asistir al aún más progresivo deterioro de nuestra condición de seres humanos supuestamente libres y autónomos. Nuestra dependencia creciente de las maquinitas diabólicas que todos llevamos en el bolsillo es cada vez mayor y esto solo beneficia a las compañías operadoras de internet y telefonía móvil, que llevan ya más años de los debidos haciendo su agosto.

Google

Hasta hace bien poco la adicción a internet exigía plantarse delante de un ordenador, mientras que ahora llevamos la red en el bolsillo. Porque eso que llamamos móvil, o Smartphone, de teléfono no tiene casi nada. Es un pequeño ordenador superportátil que nos permite hacer prácticamente las mismas cosas que podemos hacer en el PC, pero sin tener que estar encadenados a la silla o al sillón del despacho o del salón de casa. Y, de vez en cuando -cada vez menos, dicho sea de paso- hacer o recibir alguna llamadita telefónica. Ahora,la inmensa mayoría de las cuestiones domésticas o cotidianas se resuelven mucho antes y más fácilmente vía internet, Whatssapp, Twitter, Facebook o Messenger.

Y como sabes que no exagero ni un ápice, sencillamente observando tus propios comportamientos, no aspiro más que a que te pares un poco a pensar qué dosis de felicidad te proporciona conocer casi todo en cuestión de segundos, o perder toda una tarde charlando con tus amigos o amigas, paseando, o perdiéndote por la ciudad sin rumbo ni puerto de destino conocido. Si hace tiempo que no lo haces, prueba, y lo mismo te enganchas a algo mucho más humano y gratificante que las dichosas maquinitas que nos van ganando y ganando terreno a nuestra libertad día a día.

Creo haber visto hace muy poco que las consultas a Google son ahora muchísimo más numerosas desde los Smartphones que desde los PC, lo cual prueba irrefutablemente que lo que digo va a misa. Por otro lado, y como argumento adicional, no se te ocurra decirle a tu hijo adolescente que coja el teléfono de casa y llame a sus amigos del barrio o a sus compañeros de instituto o facultad para quedar con ellos o para consultarle lo que sea. Lo más probable es que el adolescente te dedique una mirada (no sé muy bien si de desprecio o de compasión), vea en ti la prueba de que los dinosaurios no han desaparecido de la faz de la tierra, y siga wasapeando con otros supuestos jóvenes de ciudades del otro extremo del país o del mundo. 

Vamos a tener que tomar alguna resolución drástica para terminar con todo esto. Como la que, por ejemplo, tomó aquel padre chino que contrató a unos sicarios virtuales para acabar con los personajes del juego por internet al que estaba patológicamente enganchado su hijo de 23 años. El juego lo tenía atado a la pantalla mañana, tarde y noche, y los sicarios contratados lo único que tuvieron que hacer -esta vez incentivados por sus honorarios profesionales- fue matar a los personajes del hijo de su cliente. Lo que desconocemos es si después de esa desesperada, brillante y drástica idea, el joven decidió abandonar el juego, ponerse a trabajar, continuar con sus estudios, o rescindir la relación biológica, más que sentimental, que le unía a sus padres y dejar de disfrutar a partir de entonces de ropa y cama limpitas, tres comidas diarias, luz, gas y agua gratis… ¡Aunque lo mismo está buscando todo eso en Google todavía, antes de decidirse a salir de casa…!