17 Mar

Proscritos

Escrito por José-Miguel Vila
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Casi a diario transito por la plaza de Isabel II de Madrid. Más conocida como plaza de la Ópera, porque la espalda del Teatro Real (antes llamado de la Ópera) es el edificio que da carácter a esta vieja e histórica plaza madrileña.

Justo enfrente, parapetados bajo una marquesina, de unos tres metros de profundidad, que probablemente fue concebida para que los espectadores de las antiguas salas del Real Cinema, -que más tarde fue también teatro-, estuvieran a salvo de la intemperie, se cobijan ahora, al menos, una decena de indigentes, de personas "sin techo". A cualquier hora del día o de la noche, envueltos en andrajos y mantas, junto a una moderna terraza, bien delimitada por unos cuantos setos que marcan real y metafóricamente la escasa distancia que hay entre una situación (la indigencia) y la otra (la normalidad), los viandantes reciben -recibimos- un aldabonazo que, por lo menos, incomoda a sus conciencias.



Idéntica situación se vive hoy en cualquiera de nuestras ciudades y pueblos con aquellos que han tenido la peor de las suertes en esta larguísima travesía del desierto de la crisis económica, que ha arrasado proyectos y vidas de personas que jamás habrían pensado en la sola posibilidad de verse hundidos, sin un euro en el bolsillo y con las calles como único reducto de supervivencia.

Y esta circunstancia, desgraciadamente, no es exclusivamente española sino que ha alcanzado prácticamente a toda Europa, en mayor o menor grado. El ejemplo de una ONG holandesa, la fundación Ragenboog, que, a cambio de unas cervezas, un paquete de tabaco de liar y 10 € diarios, ha hecho que varias personas alcohólicas hayan tomado la diaria responsabilidad de limpiar de papeles y basuras durante varias horas (6, creo recordar) la zona municipal que se les asigna. La consecuencia, aunque discutida localmente en ciertos sectores de población, por el método utilizado, es que estos hombres y mujeres tienen, al menos, una posibilidad de reinserción en la sociedad, de dejar el alcohol y, en última instancia, de saberse útiles a una sociedad que parece haberles dado la espalda.



Canadá
En Canadá funciona también otra organización con idénticos fines y método, con la única diferencia de que las dosis suministradas a los marginados son de vino. Hasta la fecha, los resultados obtenidos en ambas iniciativas no son ideales, pero la autoestima de todos los hombres y mujeres acogidos al programa ha mejorado y muchos de ellos han iniciado programas de desintoxicación etílica. A alcaldes, concejales, de gobierno y de oposición, a empresarios, y a la misma sociedad civil española, corresponde tomar iniciativas que, como ésta, estén llenas de imaginación y, si hace falta, valentía, para acabar con la cada vez más crecida prole de marginados, pedigüeños, indigentes, improductivos, degradados y desgraciados hombres y mujeres que pueblan nuestras calles, en cualquier rincón de España. Ellos son tan sujetos de derechos como cualquiera de nosotros, y merecen la oportunidad que algún día no supieron o no quisieron aprovechar, o la posibilidad de volver a rescatar la situación de "normalidad" de la que un día salieron, sin saber bien por qué (un divorcio, un despido, una inversión desafortunada, la dichosa ludopatía,...) y de la que todos nosotros estamos mucho más cerca de lo que podamos creer.

Iniciativas como las de las ONG holandesa o canadiense merecen, además de todo nuestro respeto, el estudio detallado y concienzudo de organizaciones españolas de asistencia social (Cáritas, Cruz Roja), que podrían secundar a nuestras autoridades municipales para que, también por ese flanco, merezcan seguir manteniendo el respeto y la consideración de sus administrados, aquéllos que cada cuatro años tenemos en nuestras manos la inmensa suerte de poder ponerlos y quitarlos, en función de sus merecimientos, de sus acciones y omisiones en favor de la ciudad y los ciudadanos que gobiernan...