17 Feb

Tfm

Escrito por José-Miguel Vila
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La realidad social es tan compleja que, en muchas ocasiones, no puede ser abarcada por un trabajo científico por muy serio, planificado, analítico y metódico que sea.

Otras veces, sin embargo, bastan algunos datos, al alcance de cualquiera para poder llegar a conclusiones válidas. Ese es el caso -o a mí me lo parece- de la situación que está viviendo la universidad española de estos principios de siglo.

En Alemania, por ejemplo, -un país que hoy sirve de modelo a toda Europa- con una población que duplica a la española, hay aproximadamente la mitad de estudiantes universitarios que en España. Ese solo hecho marca ya la diferencia entre unas y otras universidades. 

Para completar aquella visión entre irónica y catastrofista, ahora vamos a situarnos al otro lado del telón para hablar del estado de nuestra universidad desde el punto de vista del profesorado. Los pocos datos que les voy a dar la explican mucho mejor que las decenas y decenas de estadísticas generadas sobre el particular, fruto de periódicos y sesudos estudios de universitarios en ejercicio, o en busca de trabajo.


Pedagogía entre café y café

Los datos pude entresacarlos tras una intensa, apasionante y distendida conversación con un viejo (aunque tampoco tanto, ya que sobrepasa con poco la cincuentena...) profesor de instituto público y, por tanto, funcionario de carrera en ejercicio con unos cuantos trienios en su haber (algunos de ellos, como profesor en el extranjero), autor de algunos libros, con dos licenciaturas y, por si todo esto fuera poco, poseedor de un sentido del humor envidiable y una capacidad pedagógica que ya la quisiera yo para mí. 

Pues bien, mi viejo amigo, este año ha elevado su status académico, al incorporarse a una universidad pública como profesor asociado, para dar clase en una facultad de Letras. Su largo y extenso curriculum le permite completar su ajustado salario de funcionario público con los 560 euros mensuales, a cambio de los cuales, se ha obligado contractualmente a impartir 6 horas de clase semanales, y atender durante otras tantas a los alumnos en régimen de tutoría.

Eso es lo que figura en contrato porque, a mi amigo, han tenido que ser los alumnos los encargados de descubrirle alguna que otra obligación adicional, aunque no escrita, ni formulada verbal o formalmente, pero que no puede desatender, si quiere continuar allí en cursos sucesivos. Me refiero a la labor que da título a este artículo: TFM.

- Es Vd. Don A. -le preguntan tímidos un día, asomando la cabeza por su pequeño despacho, un reducido grupo de alumnos-.

- Buenos días, sí, soy yo, ¿qué queríais?

- Nos han asignado a Vd. como tutor del TFM...

- ¿Y qué diablos es eso del TFM -responde perplejo el nuevo profesor-.

Así fue como A. descubrió que una de sus labores era tutorizar el "trabajo fin de máster" de unos cuantos alumnos, y que tenía que sumar a otra obligación no contractual, que le obliga a tutorizar también a otros cuantos alumnos en su TFC, o trabajo fin de carrera, que es previo al anterior.

En el departamento donde está inserto A. son titulares dos catedráticos que seguramente no tienen más remedio que encargar, con todo el dolor de su académico corazón, a los 7 profesores titulares, y estos, a su vez, a los 48 profesores asociados (uno de los cuales, como digo, es mi amigo), para sacar adelante decenas y decenas de licenciados , con idioma y máster incorporados, que tendrán la oportunidad de engrosar, en breve plazo, las listas del paro, en primer término, y pasar inmediatamente después a ampliar las filas de los aspirantes a emigrar a Alemania, no sin antes haber consumido entre 3 y 5 años en casa de sus padres, e intentar meter cabeza como becarios o aspirantes en varias empresas del sector, al módico salario de 0 a 300 euros mensuales, durante unos meses, para volver después al mismo punto de partida.


En fin, como diría Mariano José de Larra, si levantara la cabeza, un panorama "para echarse a llorar". Y, entre tanto, seguimos alimentando docenas de universidades, miles de institutos, y despreciando (abierta o calladamente) a quienes han tomado la sabia decisión de cambiar de camino y orientarse hacia la Formación Profesional.