10 Feb

Defensa de la memoria

Escrito por José-Miguel Vila
Visto: 510

Una regla no escrita y, menos aún, confesada públicamente, me ha hecho firme defensor de la idea de que no se deben prestar nunca libros ni discos...

La causa es muy simple, como bien conocen, todos y cada uno de aquellos a quienes alguna vez en su vida se les ha ocurrido algo parecido. Generalmente -y que me desmienta aquí quien piense lo contrario- no vuelven a su estante, ni siquiera al alcance de su antiguo propietario. Cuando lo hacen, precisamente por convertirse en la excepción que confirma la regla enunciada, se convierten en objetos fetiche y multiplican varias veces su valor inicial.

El libro que, en este terreno, más quebraderos de cabeza me ha dado es una novela de Ventura Pazos,finalista hace ya muchosaños del premio Ateneo de Sevilla, El evangelio apócrifo de Salabarría (Ed. Alfar, Sevilla, 1991). Hoy tengo en mi estantería dos ejemplares del mismo. El primero lo presté a la mujer de un amigo y colega de profesión que, aunque -estoy seguro de ello- no fuera por su propia voluntad, el hecho es que no volvió de nuevo a su lugar en la estantería hasta bien pasados veinte años del préstamo.

Ese mismo título (aunque ya no se trataba del mismo ejemplar, sino uno nuevo que había adquirido ante la persistente contumacia por no regresar a su sitio de su hermano de edición) lo presté directamente a otra amiga cuya dejadez, despiste o, sencillamente, falta de tiempo para echarle un ojo detenido a la publicación, estuvo en sus manos más de dos años.

Unas líneas extraídas del blog del admirado Ramón Lobo (ex de El País www.ramonlobo.com), me han dado la clave y el ánimo suficientes para que hoy ponga negro sobre blanco estas líneas: "los discos de vinilo y los libros son huellas de la vida vivida y las huellas no se prestan ni se venden salvo emergencias. Es mejor conservarlas porque nos recuerdan quiénes éramos, qué soñábamos".

Cierto, porque, a veces, el solo hecho de no saberse solo en el inmenso océano de las manías humanas puede bastar para adquirir el ánimo suficiente para confesar públicamente -y este es hoy mi caso- ciertas tendencias, creencias, manías o como Vd. quiera llamarlas. El caso es que, como no hacen daño a nadie, ni nadie tiene por qué juzgar la bondad o maldad de las mismas, pueden proclamarse a los cuatro vientos con la lejana esperanza de saber si uno está solo o, como mucho, lleva a su lado la extraordinaria compañía del colega Lobo. Sea como fuere, lo cierto es que el cuerpo se queda mejor después de haber constatado primero, y defendido después, que hay que erigirse en férreo custodio de los escasos bienes culturales que a uno le van quedando y que, más allá de su valor intrínseco, han adquirido otro muy distinto e infinitamente superior, que es el de la memoria, el de haberse erigido en testigos mudos de la pequeña o gran historia personal de quienes los poseen. Ese solo hecho, digo yo, es motivo suficiente para legitimar a quien, de aquí en adelante, se ha hecho firme propósito de no volver a prestar un solo libro, un solo disco, "ni a su puta madre", como diría mi admirado Arturo Pérez Reverte.