27 Ene

343 cabrones frente a la prostitución

Escrito por José-Miguel Vila
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Hace poco más de un año, el diario levantino 'Las Provincias' informaba de una llamativa oferta de trabajo…

..que uno de sus redactores había visto pegada en infinidad de farolas del campus universitario valenciano. El texto de la oferta estaba condensado en 5 palabras, repartidas en apenas 2 líneas, que rezaban así: "Trabaja ya. Curso de prostitución profesional".



En letra mucho más pequeña, el anuncio concretaba un poco más la oferta y advertía que el precio del curso era muy asequible (100 €, creo recordar), y advertía de que era, además, necesaria una formación previa tanto "teórica como práctica", que incluía nociones de historia de la prostitución, de la dimensión personal del negocio, así como de la legislación que afecta a la actividad de la prostitución en España. En el temario de formación de tan antigua actividad, no podía faltar tampoco, el conocimiento de El Kamasutra, verdadera biblia de quien pretende adentrarse en este submundo; los gustos posturales de los potenciales clientes; los materiales y juguetitos ad hoc, etc.



En el precio del cursillo se incluía todo el material necesario, y la seguridad que los convocantes tenían en el incipiente negocio era tal, que ni siquiera ponían límite horario a las clases teórico-prácticas. Porque eso sí, el curso terminaba con clases prácticas que mostraban a profesores y alumnos que la capacitación estaba conseguida y que -al parecer de la empresa convocante-, a partir de ahí se abriría para los alumnos todo un mundo de oportunidades, porque "este trabajo permite conseguir mucho dinero rápido y fácil".


Nada más lejos de la verdad ese horizonte lleno de rosas que quienes manejan el negocio de la prostitución ponen delante a las mujeres (sobre todo son ellas las que ejercen) o a hombres que se decantan por este camino como fórmula de acabar con la dura jornada de quien cada día tiene que acudir 8 ó 10 horas a atender a administrados, detrás de un mostrador, a limpiar escaleras, oficinas o domicilios, o de quien tiene que permanecer horas y horas de pie, atendiendo a clientes en un bar, en un comercio, supermercado o gran almacén, por poner solo algunos ejemplos de actividades de miles, millones de españoles que, gracias a Dios, no han pensado siquiera en buscar en la prostitución una alternativa posible a su dura y anodina forma cotidiana de subsistencia.



Si quiere conocer algo más y mejor las distintas aristas del problema, puede acercarse a un libro que publiqué en 2008, y que ya he citado en estas páginas electrónicas alguna otra vez, Prostitución: vidas quebradas (Imagine ediciones, que ahora va a reeditar Huerga&Fierro), después de una exhaustiva investigación, y concluí en que esa vida de prostituta no es ni tan fácil, ni tan lucrativa como los prostituidores prometen. Para ellos, sí que lo es, sin duda, pero no para quienes caen en sus redes. Y ello, independientemente de la situación legal, más o menos restrictiva, del país en donde hayan acabado por ejercer la actividad.

Se reabre el debate

¿Prostitución, sí o prostitución, no? Al norte de los Pirineos ya se ha desatado la polémica porque el gobierno de Hollande quiere imponer multas entre 1500 y 3000 € a los clientes que se acerquen a requerir los servicios de las y los profesionales del sexo.

Ha tomado partido en el asunto un grupo de intelectuales franceses, a través del llamado 'Manifiesto de los 343 cabrones', que publicaba en su número de noviembre la revista 'Causeur'. En él, reivindicaban el derecho inalienable, dicho llanamente, a "ir de putas".

Al Sur, entre tanto, pensamos que es mejor no crearse problemas, dejar las cosas como están, dejarlas pasar, en lugar de enfrentarse a ellas y después, Dios dirá.

Como el avestruz, creemos que si no miramos el problema, no existe. Y, sin embargo, cientos de miles (repito, cientos de miles) de mujeres en España están en la calle, en pisos, en macroprostíbulos o, simplemente, detrás de un móvil, ofreciendo sus servicios sexuales a cambio de unas decenas de euros.

A esto, sencilla y llanamente se le llama prostitución, es decir, venta del cuerpo a cambio de un estipendio, más o menos libremente fijado por el mercado. Y ésta, "mercado", es la palabra clave, a mi modesto entender. Se comercia con el cuerpo de la mujer del mismo modo que se hace con una pierna de cordero, un perfume de marca o un par de calzoncillos. Eso es lo que defienden, sobre todo, empresarios propietarios de locales, chulos y clientes. En Francia, representados por estos 343 "cabrones", como ellos mismos se autodenominan.
 
Los clientes abogan por la legalización en nombre de la libertad. Pero también la libertad ha servido, a lo largo de la historia, para cometer las más grandes barbaridades, excesos y abusos, por ejemplo, para imponer el esclavismo. Y la actividad de la prostitución, sin duda, es una forma moderna y sofisticada de esclavismo.

Libertad de qué, muy bien; libertad, para qué, también perfecto; pero libertad, a costa de qué,... La prostitución, quiérase o no, y en regímenes legales permisivos o restrictivos, ya sabemos que no va a dejar de existir, pero ni el Estado, como forma global de organización social, ni el individuo, pueden ni deben propiciar con su conducta la extensión ni el asentamiento del fenómeno por el cual unos seres humanos abusan sexualmente de otros, a cambio de una cantidad de dinero, aunque esa transacción mercantil sea ejercida por personas adultas y consentida por ellas.