20 Ene

Cosmopolitismo, pero menos

Escrito por José-Miguel Vila
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Cuando a finales de la década de los 80 del siglo pasado me acerqué, junto a mi esposa y mi hija, a que la pequeña conociese París…,

...me sorprendió contemplar en vivo lo que tantas otras veces había visto ya en fotografía y en cine. La osadía del parisino admitiendo con absoluta normalidad en su paisaje urbano estructuras tan rompedoras y atrevidas como el Centro Pompidou, la pirámide del Louvre, o la antigua estación de Les Halles reconvertida en museo.



Pocos años después, confirmé que Nueva York constituye todo un muestrario de esa osadía propia de un pueblo que sabe reconocer el talento, incluso en el arte, que no deja de sorprender al viajero cuando encuentra un nuevo edificio, el toque audaz en la fachada de unos grandes almacenes o la profusión de hiperpantallas en la zona de Times Square que parecen renovar constantemente el entorno con la sucesión de ofertas comerciales y culturales del momento.

Ahora en Madrid, las autoridades municipales han permitido que en la plaza del Callao y aledaños, en plena Gran Vía madrileña, se instalen unos artefactos electrónicos gigantes, en forma de macropantallas, que han eclipsado la majestuosa, colorida y estética sencillez del anuncio de Schweppes que corona el edificio situado entre la calle Jacometrezo y la propia Gran Vía. Son consecuencias lógicas de quien llega tarde a las cosas, intentando imitar otras zonas y ciudades del planeta que llevan ya decenios y decenios recorriendo ese camino. El resultado, claro está, es todo un quiero y no puedo, un ejercicio de imitación de un cierto cosmopolitismo que quiere convertir la zona en una especie de Times Square en pequeñito y en cutre en donde la comparación de la capital de España con la capital del mundo (NY), la primera queda muy mal parada...



Más recientemente, en la ciudad de Moscú, a finales de noviembre pasado, la firma Louis Vuitton, llevó la polémica a la Plaza Roja al instalar muy cerca del mausoleo de Lenin, una enorme maleta (del tamaño de una gran carpa) en cuyo interior tenía previsto acoger una exposición con maletas de personajes históricos. La decisión, sin embargo, generó tantas críticas que el Kremlin ordenó, finalmente, su desmantelamiento.

Uno cree imposible que una decisión así hubiera prosperado en ciudades como Nueva York, París, Berlín, Londres, Bangkok y hasta Pekín. La causa es bien sencilla. Una ciudad que está segura de sí misma, que tiene claro que es única, singular en el mundo, no duda un momento en transgredir, temporal o permanentemente, las reglas clásicas del urbanismo, la pintura, la escultura o el nuevo arte audiovisual cuando hay un fundamento estético -más que funcional, aunque ambos pueden ir también unidos-, si una decisión como esa está sustentada en el buen gusto, y no en el esnobismo o en el oportunismo político o económico (como fue el caso de Moscú) o en la vulgar imitación (como ha sido el de Madrid). En otras palabras, que elegante, estético, singular, fascinante o ejemplar, no es quien quiere, sino quien puede.