07 Ene

El juego del noqueo

Escrito por José-Miguel Vila
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En dos generaciones habremos perdido lo poco que de sapiens hemos ido adquiriendo a lo largo de milenios.

¡Pues vaya con el jueguecito! Resulta que ahora a los imberbes y atolondrados adolescentes (por el momento norteamericanos, pero no desespere... ) les ha dado por abalanzarse sobre un transeúnte cualquiera con el único y extraordinario fin de asestarle un mamporrazo y dejarlo tumbado en plena calle, en ko técnico, como se decía antaño en términos boxísticos, cuando eso de darse mamporrazos en un ring o "cuadrilátero" era todavía considerado un deporte y no una actividad cercana a la salvajada, como es hoy vista por la mayoría.

No es cuestión de enunciar las mil y una formas de acabar con cualquiera en el suelo, sobre todo si el ataque es con alevosía, traición y con la rapidez y la contundencia que se gastan estos grupitos de desalmados adolescentes cuya diversión mayor consiste en amedrentar viejecitas, mofarse de mamás con niños, personas con alguna discapacidad o retar (solo si van en grupo) a coetáneos suyos, con el único y despreciable fin de pasar un buen rato. No es extraño, bien pensado, que mentes poco más desarrolladas que la de un mandril no encuentren diversiones más sofisticadas y satisfactorias para el ánimo que las aludidas. Claro que, teniendo en cuenta su proximidad evolutiva a nuestros antepasados cuadrúpedos, y como prueba irrefutable de que hay, incluso, monos más evolucionados que ciertos sujetos de la especie humana, no sé de qué podemos sorprendernos.
 Perdónenme, pero dan ganas de recurrir a su propia moneda y hacerles pasar a todos ellos por los efectos de su jueguecito, para comprobar en cabeza propia la misma medicina que aplican al personal, sin venir a cuento y no se sabe muy bien para demostrar o demostrarse qué.



Causas y efectos
No estoy muy seguro, pero lo mismo hay relación causa efecto entre actitudes como las enunciadas y la permanencia casi constante de estas lumbreras frente a tabletas, pantallas y similares. Al menos los psicólogos andan alarmados por la idiotez que genera eso de estar día sí, día también, embobados frente a una pantalla, perdiéndose puestas de sol, días de nieve, viento, lluvia, sonrisas, guiños, saludos, apretones de manos, empujones y hasta caricias, en vez de buscarlas a través de Google. Aunque, si dejan la tableta para lanzarse al deporte del noqueo, mejor están ahí, quietecitos, embobados jugando a ser virtualmente lo que, desgraciadamente, acaban siendo después en la realidad cuando abandonan la ilusión de los píxeles. 

 O nos ponemos manos a la obra, y de forma colectiva, o en dos generaciones habremos perdido lo poco que de sapiens hemos ido adquiriendo a lo largo de milenios, y volveremos a ser hombres idiotas, y casi sin darnos cuenta. Si hay que volver a las tablas de multiplicar, a los cuadernillos Rubio, al ábaco, y a instrumentos similares para despertar el intelecto de nuestros jóvenes, habrá que hacerlo. Si para ello hay que acabar con las pizarras digitales y los miles de juegos alienantes (la mayor parte de ellos, incluso, gratuitos) que pueden encontrarse por ahí en la red, pues acabemos con ellos. Lo malo es que cuando lo intentemos, lo mismo ya es demasiado tarde para evitar el inequívoco descalabro de la especie.Pero, no nos engañemos, las causas primeras en las que hay que buscar comportamientos incívicos y brutales como estos, probablemente estén en esta educación blandiblú que muchos padres están dando a sus hijos al no saber decir que no, al no querer fijar límites claros a ciertos comportamientos y, por tanto, a contribuir con sus silencios y sus escaqueos a hacer crecer en ellos estas reacciones de pequeños dioses, que les llevan a creer que no están sujetos a ley alguna.